sábado, 15 de febrero de 2014

José Peralta y el Socialismo I



EL PROBLEMA SOCIAL

(Artículo publicado en la segunda mitad de los años veinte en algún periódico del país, tomado del manuscrito que reposa en el archivo del Dr. Peralta)

I
                ¿Qué pienso yo acerca de las marcadas tendencias socialistas en el Ecuador? Voy a contestar esta pregunta, que se ha servido dirigirme un respetable hombre público, pidiéndome que exprese mi  opinión por la prensa. Vasto es el tema, y habría que estudiarlo en todas sus fases; pero me es forzoso tratarlo someramente, en atención a lo limitado de las columnas de un diario.
                El socialismo es un efecto necesario de la diversa condición de los asociados, absurdamente establecida por los vicios de organización en las agrupaciones humanas. Es una consecuencia lógica de la lucha por la existencia: surge fatalmente de la concurrencia vital, de ese encarnizado combate que sostienen entre sí todos los seres de la creación, disputándose los medios de prolongar su vida a expensas de los demás; combate en el que siempre sucumbe el débil, al cual devora el más fuerte, sin vacilaciones ni misericordia. En la concurrencia vital humana, los vencidos y devorados, los que la fuerza destina al sacrificio, no son otros que los pequeños capitales, la actividad asalariada, el trabajo del proletario, el esfuerzo empleado en el taller o la gleba, el sudor que riega el yunque o el surco de la tierra, a cambio de un bocado de pan.
                La injusticia del Estado y la tiranía del capitalismo, son los que generan, desarrollan y robustecen las ideas socialistas; las que, día por día –sin darse cuenta de su obra suicida- socavan los cimientos de la vetusta sociedad, que a la postre se derrumba con estrépito, sobre lagos de sangre y entre las llamaradas del incendio.
                El Estado –especialmente en países como el nuestro, donde gobernantes y legisladores obran sin previsión y a oscuras- el trabajo de zapa es más activo y destructor; y, por lo mismo, se siente más cercana la hora de la catástrofe. Los que nos preocupamos con la suerte futura de la nación, vemos con profundo pesar este desatentado anhelo de regresión a los más absurdos y caducos sistemas económicos que, de pocos años a esta parte, domina en nuestros gobiernos y legislaturas, anhelo insensato que nos está arrastrando al pauperismo y la miseria.
                Olvidados por completo los principios de Justicia y las máximas de la Ciencia, el sistema tributario no reconoce en el Ecuador, otra base ni rumbo que el más burdo empirismo y el ansia de gravarlo todo; de secar en su fuente la riqueza con el impuesto antieconómico y arbitrario; de matar las industrias agobiándolas con  innumerables trabas; de esclavizar la Agricultura con los estancos y los monopolios, como en los tiempos coloniales; de tornar estéril la actividad productora, estableciendo así, una lucha sin cuartel, entre el trabajo que genera la  prosperidad pública, y las contribuciones sin límites, con que el gobierno llena sus necesidades siempre y siempre crecientes. Los pequeños capitales, protegidos acuciosamente por los gobernantes sabios; la industria nueva que reclama el amparo especial del poder público, para convertirse en manantial de riqueza; el taller, albergue inviolable de trabajo en las naciones progresistas; hasta el pegujal del indio infeliz, que no cuenta con otros medios de sustento para su familia, todo se abate, cae y muere bajo la avalancha de los anuales impuestos, sin que se vislumbre un término para tan desastrosa legislación económica.
                Y a la sombra de este caos administrativo, se ha vigorizado y pelechan a más y mejor, las más inmorales especulaciones, el agio y el peculado, la depreciación de la moneda, la inconvertibilidad del papel fiduciario, el alza consiguiente del cambio y el encarecimiento de la vida, al extremo de ser ya problemática, dolorosa, imposible la existencia de las clases pobres. El hambre y la desnudez, la dificultad de arrendar un albergue, la falta progresiva de trabajo, la inalterabilidad de los pequeños salarios que el capitalismo concede como limosna, la presencia del recaudador de contribuciones a toda hora, y las enfermedades inseparables de la miseria, forman el espantable y fúnebre cortejo del proletario. ¿Qué raro que hayan surgido vigorosas y alarmantes las tendencias socialistas, sin que hubiere habido necesidad de propaganda?
                El trabajo tiene derechos sagrados, cuya violación no puede menos que producir trastornos sociales; y fuerza es confesar que los únicos congregadores de las nubes tempestuosas que oscurecen el horizonte ecuatoriano, son nuestros gobernantes y el capitalismo opresor y despótico. Mientras el gobierno no abandone su absurdo sistema económico; mientras no se empeñe en remover los obstáculos creados en daño de las industrias y la agricultura; mientras no tome a su cargo la redención del proletariado; mientras no se ponga a la cabeza del movimiento socialista, para dirigirlo y encausarlo, para obligar al capitalismo a no traspasar la órbita trazada por la honradez y la justicia, el problema social permanecerá como amenaza de muerte para el Estado.
                Nace el proletario en el seno de la miseria: todas las privaciones, todos los dolores, todas las inclemencias de la vida, lo rodean en la infancia; y en la juventud se agravan esos males, porque los conoce y avalora, porque aprende a comparar su inmerecido infortunio con la felicidad ajena, de donde brota esa instintiva prevención contra las clases privilegiadas, ese fatal amargor que le satura y envenena el alma, y que no pocas  veces arrastra al proletario hasta los abismos del crimen. La educación podría dominar aquellos instintos e inspirarle sentimientos altruistas y nobles; la instrucción, abrirle horizontes vastos y esplendorosos, transformándolo en ser verdaderamente humano y capaz de sobrellevar su destino sin quejarse; pero el gobierno ha dejado de instruirlo, de cumplir el santo deber de difundir la luz y los sanos principios en las multitudes; el gobierno, lejos de multiplicar escuelas, clausura las establecidas por las pasadas administraciones; y, si conserva esos centros educativos y de instrucción, deja morir de hambre a los profesores. Por este modo, las más densas tinieblas envuelven la mente y el corazón del proletariado; las tinieblas propicias al desarrollo de las pasiones animales, las tinieblas engendradoras de la delincuencia y la desventura.
                Y el joven proletario llega a la plenitud de la vida, sin haber gozado de otro bien que las caricias maternas, allá en las lejanías de su desgraciada niñez; y comienza la lucha por la existencia, sin claridad en el cerebro, sin rectitud en el alma, sin guía seguro en su lamentable y doloroso tránsito por el mundo. ¿Quién lo ampara, quién lo defiende, quién toma sobre sí la tarea de redimirlo y alzarlo a la categoría de hombre? El sacerdote le muestra el cielo, pero casi siempre lo extravía con la doctrina y el ejemplo, lo encruelece con el fanatismo, le atrofia el alma con la superstición y la piedad contrahecha; el gobierno lo abruma con el impuesto, le disputa el pan destinado a sus hijos, profana el taller e interrumpe sus faenas, lo aprisiona y arrastra a esos mataderos humanos, que decimos cuarteles y campos de batalla, donde muere el infeliz por una causa que no es suya, muchas veces sin saber en aras de cual ambición se le sacrifica; el gamonal explota el hambre y la desnudez del proletario, y lo esclaviza,  lo transforma en bestia, lo degrada con el látigo, y cuando envejece, cuando se inutiliza para cumplir su tarea, lo arroja sin compasión, como inservible harapo.
                Días sin pan, noches sin luz ni abrigo, dolores sin consuelo, vida sin más porvenir que la cárcel o el hospital, constituyen el destino del pueblo; y cuando la desesperada situación de los hijos, la enfermedad de la esposa, la desnudez y el hambre, ponen en boca del obrero peticiones de justicia, exigencias de que se proteja su derecho, la fuerza armada lo asesina; tiende en lagos de sangre al niño hambriento, a la madre que implora un mendrugo para el fruto de sus entrañas, al trabajador que exige la justa remuneración de sus sudores. ¿Qué admirable ni extraño que la idea de las reivindicaciones sociales haya apoderádose de la mente del pueblo ecuatoriano?
                Y nada más justo que cada gota de sudor sea remunerada con su verdadero precio; que el brazo que levanta el fardo o abre el surco de la tierra, se alimente de manera que pueda continuar su penosa faena; que los hijos y la esposa del obrero, mientras ésta llena su tarea, no carezcan de lo más indispensable para la vida. ¿Por qué el capitalismo ha de permanecer aferrado a la inalterabilidad del salario, cuando se encarece el sustento, cuando lo que gana el obrero no basta para llenar sus más apremiosas e ineludibles necesidades? ¿Por qué se constituye en juez y parte, y tasa arbitrariamente el sudor ajeno, para señalarle una mínima recompensa?

II

                Repito que el socialismo es natural y justo; mas, para que tan irresistible fuerza niveladora no se transforme en desastre nacional, en derrumbamiento hasta de las más inconmovibles bases sociales, es menester que el poder público se anticipe a enderezarla hacia la felicidad pública y bien de la humana especie. Abandonar este peligroso movimiento de renovación a sus propias impetuosidades, dejarlo en manos de las turbas ignorantes y ciegas, sería hacer que degenere en sangrienta catástrofe, en factor irreductible de crímenes y barbarie; porque los pueblos, aconsejados por la miseria y la desesperación, han sido siempre el torrente devastador, la ola bravía que todo lo sumerge y nivela, la tea que reduce a pavesas todo lo que alcanza, el terremoto que sepulta lo de arriba, y eleva lo que la corteza terrestre ocultaba.
                Si se quiere que la renovación social sea incruenta, perfeccionadora, benéfica, hay que apresurarse en acordar plena justicia al pueblo; y esta justicia, pronta y franca, leal y firme, se ha de administrar acatando y haciendo acatar religiosamente  los derechos del hombre, compendiados en el lema redentor del linaje humano: Libertad, Fraternidad, Igualdad.
                El pueblo necesita instruirse y educarse; y, por lo mismo, se ha de fundar el mayor número de escuelas para la niñez, con maestros bien y puntualmente remunerados; y como no todos los obreros de hoy han recibido este beneficio en sus primeros años, débense establecer centros nocturnos y gratuitos de instrucción, bibliotecas populares y conferencias de extensión universitaria, que difundan los conocimientos más necesarios entre las clases trabajadoras, las que son la fuerza y la savia del Estado.
                El pueblo necesita especial y decidida protección al trabajo, que depura y moraliza, que es la fuente perenne de la prosperidad de las naciones; y, por lo mismo, es indispensable, urgentísimo promulgar leyes que defiendan al obrero de la tiranía del capitalismo, leyes que establezcan la justa proporción entre el esfuerzo y pericia del trabajador, y el salario que recibe; Leyes que señalen la autoridad que deba atender la queja de los operarios contra los patronos, y decidir la contienda sumarísimamente, conforme a los principios de equidad y justicia; leyes que castiguen con severidad todo abuso del gamonal y el capitalista; leyes que fijen pensiones alimenticias para el jornalero que se inutilice o enferme en el cumplimiento de sus tareas; leyes, en fin, que funden asilos para los proletarios que envejecen en el trabajo, y no pueden ya ganarse el pan con el sudor de su frente.
                El pueblo necesita tranquilidad y seguridad personal para consagrarse a las faenas del taller o del campo, a las pequeñas industrias y al progreso del país; y, por lo mismo, se ha de hacer efectiva la prohibición de la recluta, estableciendo con toda urgencia el servicio militar obligatorio para todos los ecuatorianos, a fin de que el flagelo no caiga exclusivamente sobre la clase trabajadora; es menester que se ciegue ya esa sima pavorosa, llamada cuartel, donde se hunden y se pierden tantas energías, donde se corrompen  tantos honrados corazones, donde se preparan con estoicidad salvaje las hecatombes humanas, sacrificadas con demasiada frecuencia en los altares de la ambición y la tiranía.
                El pueblo necesita ejercer libremente su actividad; y, por lo mismo, debe ser libre  la estipulación de su trabajo, sin que pueda ninguna autoridad compeler a un operario a ejecutar obras por la fuerza, como hasta hoy acontece, con el especioso pretexto de utilidad pública.
                El pueblo necesita protección y estímulo para sus industrias; y, por lo mismo, es urgente la supresión de los impuestos sobre los pequeños capitales y los predios rústicos de escasa cuantía; es urgente la reforma de todo el vicioso y absurdo sistema tributario que ha encadenado insensatamente la actividad productora, que ha limitado suicidamente la esfera de la acción del comercio y las industrias con él conexas, que pesa como una montaña de plomo sobre la agricultura, fuente inagotable y segura de la riqueza pública; es urgente regularizar el movimiento económico con la abolición de la desastrosa inconvertibilidad del papel fiduciario sin respaldo; es urgente la creación de bancos industriales y agrícolas que faciliten la consecución de capitales a un interés módico, para el desarrollo de la riqueza  del país; es urgente que se establezcan cajas seguras de ahorros para el depósito de las economías del obrero, a fin de que se transformen en una base firme de bienestar para las familias trabajadoras.
                El pueblo necesita que se abarate la vida; y, por lo mismo, es de suma urgencia la expedición de leyes que castiguen el acaparamiento de artículos de primera necesidad, las especulaciones con la depreciación de la moneda y el cambio, y el abuso de los prestamistas usurarios; es de toda urgencia reprimir el despotismo de los propietarios de casas de arriendo, mediante la construcción de habitaciones baratas, por cuenta de las Municipalidades o asociaciones constructoras que se formen con este objeto, y bajo el control de la autoridad sapiente.
                El pueblo necesita que se extirpe el proletariado, mediante la colocación de la propiedad al alcance del mayor número de ciudadanos; y, aunque por de pronto no sea posible resolver el problema agrario, es de urgencia escogitar la manera de satisfacer esta justísima aspiración de las clases desheredadas. Si no podemos todavía imitar a Gladstone y Balfour, por lo menos, debemos comenzar por formar lotes de terrenos baldíos, y ponerlos en subasta a ínfimo precio, pagadero a largos plazos y sin interés alguno. Debemos establecer colonias agrícolas costeadas con fondos públicos durante corto tiempo, y hasta que puedan subsistir por sí mismas. Los bienes nacionalizados –que no producen ni para la congrua de sus antiguos usufructuarios- podrían servir para este objeto, en la seguridad de que producirían rentas suficientes para los conventos y el Fisco. Más tarde, el gobierno deberá expropiar la inmensa extensión de terrenos incultos, que nuestros grandes terratenientes conservan sin provecho alguno, ni para sí, ni para la  república; y revenderlos en lotes, asimismo a precios equitativos y amortizables en largos plazos, mediante el pago de un pequeño interés y la  prima de amortización que se acordase. El poder público está obligado a realizar esta reforma social indispensable; y si no es posible improvisarla en el momento, preciso es dar comienzo a esta saludable emancipación del proletario.
                He aquí los principales y más urgentes actos de justicia que el gobierno le debe al pueblo, para que la mina no estalle, para que el movimiento socialista sea lo que debe ser: renovación y perfeccionamiento de la sociedad, y no tempestad que todo lo arrase y convierta en escombros.

                Tal es a mi modo de pensar sobre el incipiente socialismo ecuatoriano; pero se necesitaría escribir un libro, si se hubiera de estudiar detenidamente la manera de encauzarlo y dirigirlo al bien de la comunidad, evitando todo escollo, todo desbordamiento pasional, todo arrebato de barbarie, que atenten y destruyan los mismos intereses del proletariado, que manchen la santa causa del trabajo y derroquen los fundamentos de la sociedad.

domingo, 9 de febrero de 2014

Cronología de José Peralta

C R O N O L O G Í A   DE
J O S É   P E R A L T A





1855  Nace en Chaupiyunga, parroquia Gualleturo del cantón Cañar, en ese entonces jurisdicción de la Provincia del Azuay. Bautizado en Cuenca el 15 de mayo.
1866    Inicia sus estudios secundarios en el Colegio que regentan los jesuitas en Cuenca.
1874    Ingresa en la Universidad del Azuay en la Facultad de Jurisprudencia.
1875   Participa como socio activo en el Liceo de la Juventud en cuya revista La Luciérnaga publicará posteriormente sus primeros escritos.
1876   Publica en La Luciérnaga poemas y sus leyendas históricas Chumbera y Yumblas, consideradas pioneras de la narrativa azuaya.
1877    El mes de mayo es injustamente llevado a prisión por su actividad periodística como editor de El Deber, permaneciendo en el calabozo por más de 50 días. El mismo año funda El Patriota.
            Contrae matrimonio con Matilde Rosales Abad, su compañera de toda la vida, con quien procrea ocho hijos.
1878    Confinado a Guayas por su actividad en contra del gobierno de Veintemilla.
1880    El 25 de enero obtiene su doctorado en Jurisprudencia y Derecho Canónico. La Corte Superior de Justicia del Azuay le niega su incorporación al Colegio de Abogados, la misma que obtiene en la ciudad de Loja el mes de septiembre.
1881    En El Correo del Azuay se publican los primeros capítulos de su novela Soledad.
Desterrado por el gobierno a Perú. Pasa por Loja. A su regreso se radica en  Zaruma donde trabaja como abogado para la Gran Compañía Inglesa de Minas.
1884    Regresa a Cuenca.
1885    Publica la versión completa de su novela Soledad, en seis entregas que aparecen en la revista literaria El Progreso.
El mes de diciembre es elegido concejal suplente. Actúa como principal en el Concejo Municipal el año siguiente.
1886    En diciembre es elegido nuevamente concejal suplente para 1887.
1887    Forma con un grupo de coidearios la “Sociedad Liberal Azuaya”. En marzo participa como candidato a diputado, pero no logra su elección.
            Con otros liberales cuencanos organiza la fuga de Luis Vargas Torres, detenido en esa ciudad por el gobierno de Caamaño, proyecto frustrado por la negativa del  revolucionario esmeraldeño a huir sin sus compañeros.
Funda con Gabriel Arsenio Ullauri  El Escalpelo. Los dos son reducidos a prisión el 25 de diciembre.
1888   Confinado a Loja, acusado de conspiración contra el gobierno de Plácido Caamaño. En mayo es liberado del confinio. Se retira a su propiedad agrícola en Girón, sin que cese la persecución de sus enemigos políticos.
            Desde julio colabora en La Libertad con el seudónimo Ayax, por cuyos escritos sufre vejaciones de los conservadores y la consabida censura al periódico por las autoridades eclesiásticas.
1889    El 9 de febrero edita La Verdad, siendo censurado y prohibido inmediatamente por el obispo León. El 2 de abril sale el primer número de La Razón, prohibido el 17 del mismo mes. Se traslada a Quito para proseguir con su labor periodística, el 5 de junio funda El Constitucional. Ingresa y participa en varias actividades de la “Sociedad Republicana de Quito”.
            En Cuenca sale el 13 de julio el primer número de La Época que dura sólo hasta el 3 de agosto, aquí escribe en defensa de la libertad de imprenta. Prohibido, como es costumbre,  por las autoridades civil y eclesiástica: se pide que se evite su circulación con los mismos medios usados para la moneda falsa. El ministro Laso envía circulares a todos los gobernadores del país ordenando recoger el Nº 1 de este periódico. El 18 de agosto es detenido junto a otros coidearios por enfrentamientos ante provocaciones de los ultramontanos cuencanos.
            En septiembre regresa a Quito a continuar su lucha política en El Constitucional, pero sus adversarios logran finalmente impedir su circulación. El arzobispo José Ignacio Ordóñez y el ministro de lo Interior Laso emiten las consabidas censuras en contra de sus ideas liberales, incluida la excomunión.
1891    Funda en Cuenca La Tribuna en el mes de abril.
1892    Intento de asesinato a Peralta por parte de sus enemigos políticos.
1894    Miembro del Directorio de la Junta Patriótica del Azuay.
1895    Viaja a Guayaquil a entrevistarse con Eloy Alfaro: primer encuentro de los dos dirigentes radicales, a pesar de que mantenían una vieja amistad por sus ideales políticos. Participa en la guerra civil como Auditor de Guerra y obtiene el grado de Coronel. En agosto colabora en La Regeneración.
        En septiembre, durante una breve estadía en Guayaquil, el grupo de Luis Felipe Carbo le ofrece el Consulado de Liverpool, para alejarlo del país, pues su presencia resulta incómoda a los liberales moderados: rechaza la propuesta.
El 19 de octubre inicia la publicación de La Razón, periódico que funda para la difusión de la doctrina liberal, sale hasta febrero de 1896.
            El 26 de octubre se posesiona como rector y profesor del Colegio Nacional San Luis de Cuenca. El 16 de noviembre edita El Atalaya para combatir a los conservadores y sus planes contrarrevolucionarios.
Publica en su periódico La Razón de Cuenca y en el bisemanario La Sanción de Quito, en cuatro entregas del 20 de noviembre al 11 de diciembre, los tres primeros capítulos de La raza de víboras su primer libro (publicado el 2005).
1896    El 25 de enero renuncia irrevocablemente al Rectorado del Colegio San Luis.
            Profesor de Derecho en la Universidad del Azuay, en base a cuyas lecciones escribe en 1900, ante el pedido de dicha Universidad por la carencia de un texto, sus Lecciones de Derecho Penal, publicadas póstumamente el 2005.
            El 17 de marzo es elegido concejal y luego Presidente del Ilustre Concejo Municipal de Cuenca. Actúa hasta el 29 de marzo.
El 25 de abril funda El Rebenque.
En mayo es elegido diputado por el Azuay a la Convención Nacional. El 29 del mismo mes inicia la publicación del Boletín Oficial.
Contrarrevolución conservadora en Cuenca. Es tomado prisionero el 5 de julio y tras varias semanas de encierro y vejámenes es condenado a muerte, de la que se salva por amenazas del general Manuel Antonio Franco de proceder de igual manera con importantes prisioneros conservadores en su poder.
            Renuncia el 25 de agosto al cargo de Ministro Juez de la Corte Superior de Justicia del Azuay y a la cátedra de Derecho que dicta en la Universidad.
            Viaja a  Guayaquil y participa desde el 9 de octubre en la Asamblea Nacional de 1896-97. Colabora en los periódicos porteños La Nación y El Grito del Pueblo. Propone la abolición del Concordato y la separación de la Iglesia y el Estado, lamentablemente los radicales son minoría y sus propuestas encuentran abierta oposición. El 6 de noviembre se suspende la Convención, la que se traslada a Quito por el gran incendio sufrido por la ciudad de Guayaquil a fines de ese año.
1897    El 12 de marzo abandona junto a otros representantes radicales la Asamblea Nacional en desacuerdo con procedimientos de la mayoría parlamentaria.
            A su regreso a Cuenca es designado Ministro de la Corte Superior del Azuay.
            No acepta la designación del gobierno como Ministro Fiscal de la Corte Suprema de Justicia, anexa en ese entonces al Consejo de Estado, y se retira a su propiedad de Yunguilla.
1898   Acepta el nombramiento, de 18 de septiembre, como Ministro de Gobierno y Hacienda y posteriormente, en octubre, de Instrucción Pública y de Relaciones Exteriores y Cultos. Así inicia desde esas carteras el cumplimiento, en la medida de lo posible, de muchos de los postulados por los que había bregado desde la trinchera del periodismo: desconfesionalización del Estado y su conversión en laico, pago voluntario del diezmo, establecimiento del patrón oro, promulgación de la Ley de Patronato, reforma educativa, creación del Registro Civil,  defensa del territorio y soberanía nacional, etc.
            Publica en Quito El casus belli del clero azuayo. Colabora con varios artículos en la Revista de Quito que dirige Manuel J. Calle.
            En El Album Ecuatoriano, revista quiteña, sale en dos entregas su relato Sebastián Pinillos.
1899    Presenta ante el Congreso los informes de labores de las diferentes carteras que desempeña: Informe del Ministro de Negocios Eclesiásticos, en julio; Informe del Ministro de Instrucción Pública, Informe del Ministro de Relaciones Exteriores e Inmigración, Informe del Ministro de Hacienda, Informe del Ministro de Hacienda sobre la deuda externa e Informe del Ministro de Justicia, el mes de agosto.
1900    Presenta al Congreso en el mes de agosto: Informe del Ministro de Instrucción Pública, Informe del Ministro de Justicia y Cultos e Informe del Ministro de Relaciones Exteriores.
1901    Delegado por Alfaro a las conversaciones de Santa Elena con monseñor P. Gasparri, para tratar los delicados asuntos de la Iglesia entre Ecuador y Roma.
          El gobierno de Francia le condecora con la Cruz de la Legión de Honor. También el de Italia, cuyo reconocimiento como Estado gracias a su gestión, termina con la injusta medida de desconocerlo y romper relaciones en la época de García Moreno.
            Presenta al Congreso, en agosto: Informe del Ministro de Cultos y Justicia, Informe del Ministro de Relaciones Exteriores e Informe del Ministro de Instrucción Pública.
         Eloy Alfaro le propone sea el candidato del Partido Liberal  a la presidencia de la república, nombramiento que declina para evitar mayores confrontaciones entre liberales y conservadores.
            Publica en Quito La cuestión religiosa y el poder público en el Ecuador.
1902    Luego de un breve retiro de la vida política inicia el mes de julio en Cuenca la publicación de El Independiente, periódico desde donde combate al gobierno del general Leonidas Plaza Gutiérrez. Dos meses después es apresado por las autoridades locales. Circula hasta 1903.
1904    Publica en Guayaquil ¿Ineptitud o traición?, crítica a la nefasta política internacional del gobierno de Plaza.
1905    Publica en Guayaquil Porrazos a Porrillo, escrito en el que denuncia el peculado de Lizardo García con los bonos de la deuda del ferrocarril.
1906    Publica en Guayaquil La venta del territorio y Los peculados, denuncia de malos manejos y actos de corrupción en las presidencias de Plaza y Lizardo García.
Colabora en El Noticioso.
            Proclamado Jefe Civil y Militar de Cuenca por el levantamiento de enero que desconoce al gobierno de Lizardo García.
          Desde el 9 de marzo asiste a la Asamblea Nacional instalada en Quito, como diputado por el Cañar, participando destacadamente hasta su culminación en enero de 1907. Esta Constituyente promulga una de las mejores constituciones de la historia republicana de la que es su redactor.
1907    Nombrado Gobernador del Azuay, cargo que asume el 9 de marzo y en el que  permanece hasta el 31 de enero de 1910, cuando es llamado por Alfaro para ponerse al frente de la política internacional del país.
1910    Concluye Tipos de mi tierra (cuadros al natural), libro publicado póstumamente en 1974.
En abril se posesiona como ministro de Relaciones Exteriores.
           Publica los Documentos diplomáticos relativos al conflicto actual con el Perú, primera y segunda serie.
            Suscribe en mayo el Tratado Peralta – Uribe con Colombia.
Presenta ante el Congreso el Informe del Ministerio de Relaciones Exteriores y Justicia a la Nación.
  1911  En junio, después de su aplaudida gestión como canciller en la crisis con el Perú, renuncia a su cargo de ministro.
Alfaro le nombra Enviado Especial con el carácter de Embajador en Venezuela. Viaja a Caracas presidiendo la delegación ecuatoriana al Congreso Bolivariano que se realiza el mes de julio. Condecorado por el gobierno venezolano con su más alta distinción: el Busto del Libertador.
Publica El régimen liberal y el régimen conservador juzgados por sus obras.
Depuesto el Gral. Alfaro en el mes de agosto, Peralta es llevado al Panóptico como “prisionero de guerra” por orden del Encargado del Poder Carlos Freile Zaldumbide. Liberado de la prisión por la intercesión del Cuerpo Diplomático y la Junta Patriótica, es desterrado del país por los golpistas. Viaja a Europa. Condecorado por España con la Gran Placa.
1912    A inicios del año emprende su regreso al Ecuador. Pasa por New York, y está obligado a permanecer en Panamá, por los sucesos del 28 de enero y marzo, con los que la reacción antialfarista asesinó al Viejo Luchador y varios de sus más cercanos coidearios. En septiembre se reúne con su familia en Cuenca, pero al poco tiempo es apresado.
1913    Nuevamente desterrado, esta vez por el gobierno de Leonidas Plaza, viaja a Lima.
1914    Escribe en el exilio varias de sus obras fundamentales: La Naturaleza ante la teología y la ciencia, La moral de Jesús (se publican en 1961 y 1974 respectivamente) y Escritos del Destierro (publicado el 2008).
1915    Escribe Teorías de Ética o diversas opiniones sobre Moral y Cuestiones filosóficas: El hombre y sus  destinos (obras publicadas en 1961).
Firma en Lima, junto a otros connotados ecuatorianos exiliados en esa ciudad, una Declaración de Principios apoyando la revolución del Crnel. Carlos Concha porque “ha salvado la honra nacional de la montaña de oprobio que los crímenes de enero y marzo de 1912 arrojaron sobre el Ecuador”.
1916    Termina sus Memorias políticas (publicadas en 1995).
Concluido el mandato de Leonidas Plaza, el gobierno de Alfredo Baquerizo Moreno pone fin a su exilio. Regresa al país, donde se le tributan homenajes y efusivos recibimientos  por parte de sus coidearios.
El nuevo gobierno le nombra Ministro Plenipotenciario en Lima para que dirija los delicados asuntos de la controversia limítrofe con el Perú.
1917    El 11 de enero presenta sus cartas credenciales ante el gobierno del Perú.
1918    Escribe Eloy Alfaro y sus victimarios (su primera edición sale en Buenos Aires en 1951).
1919    Renuncia a la Plenipotencia en Lima por las marcadas diferencias con el canciller Aguirre Aparicio.
1920    Publica en Guayaquil Comte rendu y Para la historia en Cuenca, trabajos en los que manifiesta su posición sobre la controversia de límites con el Perú. El Senado emite un Acuerdo en el que se le prohíbe dar publicidad a documentos relacionados con su gestión diplomática en Lima.
1923    En enero es nombrado por el Congreso Nacional  Rector de la Universidad de Cuenca. Asume también la cátedra de Ciencias Políticas en la Facultad de Jurisprudencia.
            Nombrado Director del Partido Liberal Radical del Azuay.
1924    Publica Una plumada más sobre el Protocolo Ponce–Castro Oyanguren.
Escribe Teorías del Universo, en base a una serie de conferencias magistrales que imparte en la Aula Magna de la Universidad, abiertas para todo público, que causan la admiración de los asistentes y enconadas críticas por parte de las autoridades eclesiásticas. Publicado por la Universidad de Cuenca en 1967.
1925   Publica Breve exposición histórico–jurídica de nuestra controversia de límites con el Perú, por pedido de la Junta Administrativa de la Universidad de Cuenca.
            Bajo su patrocinio se funda en Cuenca el 1º de Mayo la Sociedad “Ilustración Obrera”, organización de trabajadores que le nombra su Presidente Honorario.
           Escribe y dicta en la Facultad de Jurisprudencia sus Lecciones sobre Historia Universal del Derecho (publicadas el 2003 por la Casa de la Cultura del Cañar).
La Junta Provisional de Gobierno clausura en julio las universidades del país y le destituye de su cargo de Rector de la Universidad de Cuenca.
Es nombrado Director Supremo del Partido Liberal, dignidad que desempeña hasta 1931.
1926   Escribe varios trabajos sobre la situación social en el país, en los que plantea el socialismo como alternativa de organización política: Lecciones al puebloEl problema social.
1927    Desterrado por el dictador Isidro Ayora, viaja a Panamá donde escribe La esclavitud de la América Latina (cuya primera edición se publica en 1961, en los Anales de la Universidad de Cuenca Nº 17) y Cartas a  un Jesuita (publicadas en el tercer tomo de Años de Lucha en 1976).
En julio el gobierno levanta el destierro que había ordenado en su contra. Regresa al país a fines de ese año.
            El 30 de diciembre El Día publica su extensa Carta al canciller de la república refiriéndose al delicado problema territorial.
1928  Expulsado de la ciudad de Quito por la dictadura de Ayora por sus escritos periodísticos, con la prohibición de su publicación y confiscación de la imprenta que infringiera esa disposición. Confinado en Guayaquil, envía instrucciones a la militancia de su partido, en calidad de Director del Partido Liberal Radical, a través de El Mercurio, para su actuación en la próxima Asamblea Constituyente.
Escribe en Cuenca Por la verdad y la Patria: El Tratado Muñoz Vernaza (publicado en La controversia limítrofe por la Fundación José Peralta en 1995).
1930    El mes de mayo viaja a Europa por problemas de salud y para gestionar la publicación de varias de sus obras inéditas. Se radica en Francia donde permanece hasta los primeros meses del año siguiente.
El Telégrafo de Guayaquil publica su extenso trabajo El liberalismo Ecuatoriano (Sus luchas. Sus conquistas. Sus mártires. Lo excelso de su credo).
1931   Publica en París El Monaquismo, con éxito especialmente en España donde en pocas semanas se vende más de la mitad de su edición. En esa ciudad concluye, además, La Moral teológica, que considera la mejor de sus obras, pero desgraciadamente no corre con la misma suerte, como varios de sus escritos que lleva con ese propósito y que permanecen inéditos por muchos años. Los dos voluminosos tomos de esta obra se publican en Cuenca en 1974.
A su regreso al país asume nuevamente funciones en la dirección del Partido Liberal.
1933    Es nombrado Presidente Interino del Partido Liberal.
1934   Colabora con sus artículos, hasta 1936, en varios periódicos del país, entre ellos: El Día de Quito, El Universal y La Opinión Pública de Guayaquil.
1935   El 27 de febrero fallece su esposa Matilde Rosales, sin cuya abnegación y  apoyo incondicional, difícilmente habría podido sobrellevar su tormentosa vida de revolucionario por la transformación del país.
1936    El 13 de junio fallece su primogénito el coronel Benjamín Peralta, compañero de lucha en las filas del liberalismo radical desde las jornadas de junio de 1895.
1937   A inicios de año la dictadura de Federico Páez por retaliaciones políticas le expropia “Cataviña”, su propiedad en Yunguilla, lo que le ocasiona un duro impacto económico a su ya mala situación. Su delicada salud se deteriora cada vez más. Fallece en Quito el 26 de diciembre.

                                           
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sábado, 8 de febrero de 2014

Raza de víboras


raza de víboras

A pesar de que José Peralta, el gran ideólogo del liberalismo radical, se refiere a la Raza de víboras en distintos escritos, este libro, el primero de carácter político y doctrinario salido de su pluma, jamás se publicó en su versión completa sino parcialmente algunos de sus capítulos: los primeros en periódicos de la época como La Razón, uno de los célebres medios fundados en Cuenca por Peralta en 1895, para difundir el credo liberal, y en La Sanción, periódico de los liberales quiteños, en el mismo año. Posteriormente, la mayoría de capítulos, ocho en total, aparecen como artículos independientes en esa selección de sus Obras Escogidas que son los tres tomos de Años de lucha, publicados póstumamente entre 1974 y 1976, quedando inéditos hasta hoy cuatro capítulos y el epílogo.

La Raza de víboras, escrita pocos años antes de la revolución liberal, es un verdadero manifiesto en el que Peralta enfrenta sin concesiones a los causantes de las miserias humanas, a todas esas instituciones y grupos sociales que se escudaron en la más nefasta de las ideologías para convertir al ser humano en el más desgraciado de los seres: esa teocracia que se metamorfosea y adapta en el planeta desde hace tres milenios, en contubernio con todas las tiranías y despotismos, para sojuzgar pueblos enteros por medio de la prepotencia y el terror, el miedo y el fanatismo, la superstición y la hipocresía, la crueldad y la ambición, el egoísmo y mil mecanismos más, de los que ha hecho sus armas favoritas esa ominosa alianza, enemiga mortal e implacable de la humanidad toda, a la que sin ambages denomina raza de víboras, raza que, desgraciadamente, sigue reproduciéndose, engendrando el conservadorismo político, del cual todavía padecemos bajo transfiguradas formas, modernizados afeites y cosméticas mascaradas en nuestro país y en el globalizado mundo en que vivimos.

Capítulo tras capítulo Peralta reconstruye lo que ha sido la lucha política de la humanidad, entre las dos fuerzas fundamentales del devenir social: las conservadoras basadas en falsas religiones y gobiernos despóticos, y las del librepensamiento tendientes al bienestar del género humano. Todas las instituciones de que se ha valido el asfixiante tradicionalismo, van apareciendo a lo largo de su libro en su horripilante desnudez, con todos sus vicios y crueldades. Sacerdocio, monaquismo, iglesia, guardias pretorianas, sanedrines, monarquías, repúblicas teocráticas y despóticas, y sus infaltables personajes: brahmines, papas, cardenales, arzobispos y obispos, príncipes y reyes, presidentes atrabiliarios y tiranos, ministros y parlamentarios generalmente de espaldas a sus pueblos, convertidos en vampiros que succionan hasta la última gota de su sangre, en orgiástica corrupción tejida de fraudes, usurpaciones, saqueos, robos, cohechos y concusiones para satisfacer placeres mundanos y lujos desmedidos.

Su apasionado alegato por la redención humana descubre como religión y política negativa, teocracia y despotismo, se han coaligado a través de los tiempos, desde las culturas y civilizaciones antiguas en el esclavismo, luego en el feudalismo, y más recientemente en sociedades atrasadas como la ecuatoriana, hasta las postrimerías del siglo XIX, para lucrar en beneficio de élites opresoras de pueblos y naciones mediante todas las formas posibles.

El carácter manipulador de la conciencia popular por parte del partido teocrático, la crueldad de los sacerdotes, la diferenciación entre verdadero y falso cristianismo, o contrahecho como lo llama, la división de la sociedad en opresores y oprimidos, el análisis de lo negativo de la conquista española para la América latina, la justificación de la rebelión popular, los derechos de la mujer, etc., otros de los tantos problemas sobre los que emite su penetrante criterio José Peralta, en este tratado de política que, en varias partes, cambiando los nombres de los personajes, parecerían escritos para la época actual.

Guiado por el realismo político como método, Peralta presenta en bien logradas pinceladas una radiografía de las instituciones y sus representantes en la vida política del Ecuador del siglo XIX: iglesia, ejecutivo, congreso, ejército, la prepotencia del partido conservador y de los tiranos que representan los intereses de lo que sin tapujos llama la Edad Media ecuatoriana, esa feudalidad sui generis a la que sometieron a nuestro pueblo los terratenientes en confabulación con el clericalismo opresor y que los liberales combatieron denodadamente, aquella sociedad que eufemísticamente algunos cientistas sociales denominan el sistema hacienda.

No escapan a su agudo análisis los vicios y perversidades, las alianzas de los poderosos para oprimir a los sectores populares y los regionalismos que se esfuman cuando sus intereses se sienten amenazados (García Moreno y Caamaño con el bando católico serrano, por ejemplo), el Congreso al que llama mercado de conciencias, donde se miran solo mezquinos intereses por parte de esos árbitros irresponsables de los destinos de la sociedad, y no los de la patria, los hombres-mercancía como denomina a los parlamentarios venales, que se entregan al mejor postor. Respecto a esto último, define en lapidaria frase así: “presiden los Congresos la traición, la venalidad, la ignorancia y el espíritu de partido”. Los pocos honestos nada pueden hacer, en ese conciliábulo de fariseos; “La historia de nuestros Congresos, salva rarísima excepción, es la historia de nuestra desventura: honra nacional, autonomía, libertad, progreso, instrucción pública, rentas fiscales, moralidad, han sido siempre presa de nuestros legisladores...”.

En definitiva, una obra en donde Peralta luce sus dotes de polemista, historiador, filósofo y teórico político, que en muchas partes recuerda la escuela inaugurada por Montalvo en la lucha por los ideales del liberalismo humanista en nuestra patria. Obra de carácter revolucionario, pues, en ella se plantea la necesidad de la construcción de una nueva sociedad en nuestro país, radicalmente diferente a la implantada por los conquistadores y sus herederos ideológicos, los conservadores que dominan la escena política ecuatoriana en el siglo XIX. Define el autor claramente al enemigo que hay que vencer para regenerar la patria, a todos esos sectores que se oponen al progreso, a la libertad, a la democracia y a la justicia social, señalando también la fuerza motriz capacitada para la redención nacional, la liberal radical, para la refundación de una patria moderna, de cuya magna empresa él mismo se convierte en uno de sus mayores exponentes.

El publicar por primera vez este libro es un acontecimiento especial para las ciencias sociales ecuatorianas. Se ha recuperado la obra de uno de los mayores pensadores ecuatorianos y latinoamericanos. Se puede afirmar que el libro que presentamos es uno de los primeros tratados de Sociología política que se escriben en el Ecuador, abarcando el análisis del primer siglo republicano, ese siglo corto que va desde 1830 hasta la revolución del 5 de junio de 1895. Anteriormente sobre esa época solo existen los libros escritos por Pedro Moncayo, Marieta de Veintemilla, Pedro Fermín Cevallos y Francisco Aguirre Abad. Es, por lo mismo, de gran valor su contribución para la historiografía nacional esta Raza de víboras, en la que, a más de someter a dura crítica todos los regímenes antidemocráticos, corruptos, despóticos o totalitarios que administran el Ecuador en el período señalado, descubre a lo largo de su análisis crítico las instituciones y sus actores sociales, personajes que en sus funestas acciones benefician a pocos, a costa del sufrimiento y la explotación de las mayorías populares.

En este libro se configuran ya algunas de las vertientes ideológicas con que Peralta construirá su doctrina de avanzado humanismo, con la que quiere sustentar los postulados del programa político radical que pacientemente irá desarrollando a lo largo de su vida. Como los grandes sintetizadores del pensamiento mundial, busca febrilmente esas fuentes esenciales para la redención humana y las encuentra en lo mejor del cristianismo y del liberalismo revolucionario, en esta primera fase de su desarrollo ideológico. Posteriormente, en la década de los años veinte del siglo anterior, la completará con lo que llama socialismo liberal o socialismo de Estado y su antiimperialismo sin concesiones, que desemboca inevitablemente, como necesidad histórica incontrastable, en la unidad latinoamericana, esa herencia bolivariana de la que participa con Alfaro desde los inicios de la revolución, única fórmula para la salvación de nuestros países, como lo expresa en La esclavitud de la América latina.

Por esta búsqueda incesante, que extrae lo más valioso y elevado del pensamiento universal para elaborar un proyecto de desarrollo para nuestro pueblo, José Peralta se constituirá, cuando se aprecie en toda su dimensión su legado intelectual, en un referente insoslayable de las futuras luchas que tendrán que librarse en nuestra patria. Como Bolívar, Alfaro, Martí, Zapata, Sandino, el Che, Allende, Fidel y cien hombres símbolo más de nuestra América Latina, Peralta también se constituirá en ejemplo y guía, especialmente de esa juventud en quien confía será la futura vencedora del infamante imperialismo yanqui, en defensa de nuestra soberanía y dignidad nacional.

¿Por qué no se publicó esta obra escrita hace más de ciento diez años, con los méritos que hemos tratado de destacar? Es posible que dada la encarnizada resistencia de los conservadores a la revolución alfarista, el autor haya dejado para épocas más pacíficas la publicación de su libro, y no atizar más fuego en las filas de la incesante contrarrevolución. Así se fue posponiendo su edición, como muchas de las obras que José Peralta no pudo ver publicadas en vida.

La raza de víboras, el primer libro doctrinario de Peralta, se publica por primera vez en su versión completa como un homenaje de la Cátedra José Martí de la Escuela de Sociología y Ciencias Políticas de la Universidad Central del Ecuador y Ediciones La Tierra, al gran pensador ecuatoriano en el sesquicentenario de su nacimiento.

Para concluir, no podemos dejar de señalar la indiferencia y el silencio casi absoluto de los medios de comunicación y de las instituciones públicas en el sesquicentenario del natalicio de Peralta, hombre ilustre al que la Patria debe mucho ya que 50 años de su historia están marcadas por su combativa presencia y contribución para su engrandecimiento. En esa ingrata actitud del “país oficial” hacia uno de sus mejores hijos que le dedicó lo mejor de su privilegiada inteligencia, honra a la Universidad Central del Ecuador, en su Facultad de Comunicación Social y Escuela de Sociología, a la Ilustre Municipalidad de Cuenca y a la Casa de la Cultura Ecuatoriana de la capital por ser las únicas instituciones del país en recordar en su efeméride a un verdadero constructor de la nacionalidad ecuatoriana.

César Albornoz
Quito, 26 de mayo de 2005.