miércoles, 24 de junio de 2020

La llegada del ferrocarril trasandino a Quito



25 de junio de 1908: después de arduos 9 años de construcción, en los que se tienen que sortear todo tipo de dificultades, al fin, el ferrocarril trasandino llega a Quito y el presidente Eloy Alfaro inaugura su obra magna en la estación de Chimbacalle con toda la gala que el acontecimiento amerita. Han transcurrido 112 años y ahora los buitres quieren apoderarse de él.

Desde sus inicios, el ferrocarril trasandino tuvo poderosos enemigos, desde cuando Eloy Alfaro lo convirtió en el símbolo de su revolución con todos sus inmensos significados: modernización, integración nacional, desarrollo económico, intercambio cultural y conexión con el mundo para que el Ecuador deje de ser un país semifeudal, encerrado en sí mismo con una precaria situación económica de su gente trabajadora, dominada por esa amalgama de élites decadentes conformada por terratenientes, burguesía vendedora y compradora dependiente y clero retrasador y controlador  de conciencias.

Si su proyecto ‒combatido y frustrado por tradicionalistas e ineptos que han dominado la política ecuatoriana con el poder del dinero, con el control de la educación y el manejo de la propaganda‒ hubiera prosperado atravesando el Ecuador de ferrocarriles del Estado, otra sería la realidad de la economía, la política y la cultura de nuestra patria.

Por eso, luchar contra su venta o privatización, como de las demás empresas estatales, es uno de los aspectos importantes de la lucha contra el neoliberalismo y sus afanes de convertir al Ecuador en abastecedor de materia prima y mano de obra baratas en beneficio de grandes transnacionales y sus lacayos locales que viven de las migajas que les arrojan sus amos foráneos. Si las empresas públicas no funcionan bien,  o no tienen los beneficios esperados en favor de su pueblo que los construyó con su propio esfuerzo y dinero, la solución no es venderlas sino mejorarlas.

Conservadores, seudoliberales antialfaristas hasta los actuales entreguistas del patrimonio y de la soberanía nacional, obras de la trascendencia del ferrocarril para el desarrollo del país, siempre han tenido y tendrán sus detractores. A esa antipatria ya bicentenaria hay que decirles: ¡No!, ¡Alto!, ¡Basta!


Recordemos parte de esa historia con el testimonio de José Peralta, su compañero de ideales y afanes transformadores de nuestra patria.





El Ferrocarril Trasandino: el mayor símbolo de la Revolución Liberal Radical[1]

José Peralta
I

El Partido liberal se ha mantenido con el arma al brazo, y el enemigo al frente; y, sin embargo ha realizado mejoras que lo inmortalizarán en la memoria de los ecuatorianos.

El Ferrocarril Trasandino es más que suficiente para que el nombre del General Alfaro dure tanto como nuestra historia; porque ‒a pesar de contrariedades que para cualquier otro habrían sido insuperables‒ el Caudillo de la Regeneración ha satisfecho el más vehemente de los anhelos de sus conciudadanos, la necesidad más urgente y vital de la Patria.

Unir la costa con la escarpada cumbre de los Andes, por medio de las paralelas de acero; hacer oír el silbido civilizador de la locomotora, en las más altas quiebras de la cordillera; facilitar el cambio de productos y el movimiento comercial entre la sierra y las orillas del océano, ha sido el más bello sueño, la aspiración más patriótica de todos los buenos hijos de la República.

Pero, la falta de crédito de la Nación, la escasez de sus recursos ordinarios, la carencia de vigor y entusiasmo en los administradores de la cosa pública, las mismas dificultades que oponía la naturaleza, hacían de aquel sueño fascinador, una quimera, una esperanza loca, una idea irrealizable.

¿Quién era capaz de tomar sobre sus hombros, una empresa tan colosal, sin contar con las fuerzas indispensables para sostenerla y sacarla avante?

La sublime terquedad del General Alfaro se salió con la suya; y la locomotora está recorriendo ‒a la vista de los incrédulos que tachaban de locura el empeño del gobierno liberal‒ está recorriendo, decimos, la línea férrea que une la Capital del Comercio a la Capital del Estado, como lo anhelaba el patriotismo.



Con la azada en la una mano, y el fusil en la otra; como si dijéramos, entre combate y combate; sin dinero y sin crédito, el Partido liberal ha vencido las resistencias de la naturaleza y de los hombres; y la obra redentora está ahí, prestando sus inmensos servicios a la prosperidad del país.

No nos toca analizar la bondad técnica de la vía, ni defender ni acusar a los empresarios; pero, sí llamaremos la atención del público, hacia los positivos beneficios que la Nación ha reportado del Ferrocarril, despectivamente llamado de Harman.

Cierto, muy cierto que dicho Ferrocarril deja todavía mucho que desear; pero, no es menos cierto que ha cuadruplicado la riqueza ecuatoriana, en los pocos años que lleva de servicio.

El aumento de la producción agrícola es creciente; el valor venal de las cosas sube y sube de manera prodigiosa; hay, ahora, trabajo y buen salario para todos; el porvenir económico se presenta halagador y risueño por todas partes.

Injusticia, descomunal injusticia, el condenar esta obra gigantesca, sólo porque no tiene aún toda la perfección que adquirirá con el tiempo, como ha sucedido con todos los ferrocarriles del mundo.

Y, luego ¿cuánto cuesta el Ferrocarril Trasandino para que la oposición lo mire como un factor de ruina y bancarrota para la República?

Doce millones de pesos en papel fiduciario: doce millones nominales; puesto que esos bonos se lanzaron al mercado con un descuento considerable. Doce millones, en papel que la Nación podría recoger por la mitad de su valor; y redimirse de este crédito que los oposicionistas exageran y abultan hasta los últimos términos.

Podríamos comprobar, con numerosísimos documentos, que el ferrocarril de Harman ‒como dicen los enemigos del General Alfaro‒ es el más barato de América; pero, nos contentaremos con copiar los siguientes datos, sobre el costo de la línea férrea que más se asemeja a la de Guayaquil y Quito; puesto que atraviesan ambas las más altas y abruptas montañas de los Andes, y manifiestan cuánto de prodigioso puede ejecutar el ingenio de los hombres, en su lucha con la naturaleza.

COSTO DEL FERROCARRIL DE LA OROYA
En las tres secciones que se expresan:

·        Ferrocarril del Callao a la Oroya:
Tiene una extensión total de 222 kilómetros.
Contratado en el año 1870.
Propiedad del Estado.
Lo explota «La Peruvian Corporation».
Tiene 22 Estaciones. Costo de la construcción................................... £ 4’ 360.000

·        Ferrocarril de la Oroya á Cerro de Pasco:
Extensión total de la línea, 132 kilómetros.
Construido en 1904.
Propiedad particular. Lo explota «La Cerro de Pasco Raillway Co.»
Tiene 5 Estaciones. Costo de la construcción.................................... £ 4’ 643.380

·        Ferrocarril de la Oroya á Huari:
Extensión total de la línea, 20 Kmtrs.
 Construido en 1906. Propiedad del Estado.
 Lo explota «La Peruvian Corporation».
Tiene 2 Estaciones. Costo del Ferrocarril.............................................. £ 83.953
Total.......................... £ 9’ 087.333

Resumen:                                             Extensión:                    Costo:
Ferrocarril del Callao a la Oroya,           222 km.                       £ 4’ 360.000
-,,-  de la Oroya a Cerro de Pasco          132 km.                       £ 4’ 643.380
 -,,-  de la Oroya a Huari                                       20 km.                £ 83.953
 374 km.                      £ 9’ 087.333

Nuestro ferrocarril tiene 460 kilómetros, es decir, 85 kilómetros más que el ferrocarril peruano que hemos tomado como punto de comparación; y, sin embargo, cuesta apenas doce millones de pesos, en papel; es decir, casi una bicoca, si atendemos a los nueve millones de libras invertidas en la construcción de la línea de la Oroya.




He ahí como se demuestra la falsedad, la injusticia, con que la oposición procede en sus declamatorias acusaciones contra el gobierno que ha realizado esa obra, admirada y aplaudida por todo viajero extranjero que recorre la vía trasandina.

¿Que la Compañía del Ferrocarril abusa, que no ha cumplido aún todas las obligaciones, que se impuso en los respectivos contratos? Pues, nada más fácil que cortar esos abusos, que exigir el cumplimiento de lo que reste todavía por ejecutarse; pero, todo esto no quiere decir que el Ferrocarril sea un mal para la República, como la oposición lo afirma, dando idea muy desfavorable de la cultura del país.

Los viajeros extranjeros se llenan de asombro al contemplar la ascensión de la locomotora, desde las orillas del mar hasta increíbles alturas, al través de abismos y quiebras pavorosas, desfiladeros emocionantes, rocas gigantescas, ríos y torrentes, cimas heladas y desiertas, parajes que se dirían inaccesibles a ese monstruo de acero que transporta sobre sus lomos ígneos y palpitantes, la civilización y la riqueza, hasta los más apartados confines de la tierra.

Los viajeros extranjeros siéntense poseídos de la mayor admiración, ante obra tan prodigiosa; en la que, a cada paso, ha sido subyugada la naturaleza por el genio del hombre. Y, llenos de entusiasmo, prodigan mil encomios al gobierno que ha sido capaz de construir una vía férrea semejante; y la califican, con justicia, como el más grande y duradero monumento de gloria para el liberalismo ecuatoriano.


Y tómese en cuenta la limpieza con que han procedido los hombres del gobierno alfarista, en todo lo relacionado con el Ferrocarril Trasandino; y se verá que el único móvil ha sido el patriotismo; la única norma de conducta, la más acrisolada honradez.

Muchas calumnias ha propalado la oposición conservadora; muchas acusaciones torpes, inverosímiles, infames, ha formulado el bando de la difamación; pero, todas ellas han caído pulverizadas por la opinión pública, ante las pruebas incontrovertibles de la absoluta honorabilidad de los acusados.

Hasta se atrevieron a sostener que el Caudillo liberal, el hombre inmaculado y probo, era socio en la Compañía del Ferrocarril; que había recibido millones de dóllars de los empresarios, etc.; pero, el honorable anciano descendió del poder con las manos vacías, y refutó victoriosamente a sus calumniadores, con su honrada pobreza que rayaba en la estrechez más angustiosa.

Y los mismos que lo habían denigrado, afirmando que estaba riquísimo con los pingües productos del peculado, insultáronle después por su falta de recursos: hicieron burla amarga de la pobreza del expresidente; lo que valía tanto como confesarse calumniantes y cobardes.

Lo más admirable, lo más inexplicable y raro, es que los difamadores del General Alfaro, eran los mismos que habían intervenido en peculados verdaderos e irrefutables; o por lo menos, defendido con descaro aquellos hechos escandalosos de otros gobernantes.

Los que aplaudieron las finanzas de Kelly; los que hallaron magnífico el empréstito de los nueve millones, evaporados antes de llegar al Ecuador; los que anduvieron mezclados en estas y otras operaciones de indecorosa especie, fueron los que más gritaron contra la supuesta culpabilidad de Alfaro y sus colaboradores!

Esa ha sido la suerte de los liberales: los ladrones, o defensores de los robos más vergonzosos y comprobados, han querido manchar nuestra honradez, con las más infames calumnias; los verdugos de otros tiempos, los que llevan todavía huellas de sangre en las manos, los ensalzadores del patíbulo, nos llaman asesinos y sanguinarios; los esclavos de todos los tiranos, los incensadores de todos los que nos han oprimido, los que se han alimentado siempre con el salario del esbirro, son los que hoy claman contra la tiranía de Alfaro! Tentados estamos de citar nombres propios; y decirles a los que tantas calumnias escriben ahora: «Tú ¿no defendías a Caamaño, no recibías sueldo de Veintemilla, no comías después el pan que te alargó Alfaro?»

«Y, tú, el de más allá, ¿has tenido otro oficio en tu vida, que insultar por la paga, defender el pro y el contra a destajo, llenarte la andorga con los retazos de la honra ajena y de tu propia conciencia? »

«Y, tú, el que alardeas de independencia de carácter y de inflexibilidad de principios, ¿no eres el mismo eunuco de todos los déspotas, el que has aplaudido todos los desmanes y todos los crímenes de los gobernantes?»

«Y, tú, defensor de las públicas libertades, amigo del pueblo y demagogo de hoy, ¿no llevas dentro de la camisa, colgado al cuello, entre escapularios y medallas, el retrato del Héroe‒Mártir, como de santo de tu devoción predilecta? No defiendes la memoria y la doctrina del gran tirano?»

«Y, tú, que predicas y te escandalizas de cualquier infracción de un soldado liberal o de un empleado público, que llenas las columnas de tu diario con alardes de pudor ofendido, y de maldiciones contra la inmoralidad reinante, ¿no eres el mismo que andas en procesos criminales, o siquiera en lenguas, por tu mala conducta? No estás acusado de hechos bochornosos, feos; los que, si han quedado impunes, es sólo por tus componendas con otros gobernantes?…»

Sí, tentados nos hemos visto de hacer un llamamiento de pícaros; y obligarlos a desfilar ante la opinión pública, cargados con su pasado y su presente; para que se vea y palpe la laya de hombres que hoy oprobian y calumnian al Régimen liberal.

Tentados hemos estado; pero rechazamos la tentación, por decoro propio y respeto al nombre de la Prensa ecuatoriana.

Pasemos más bien a otro asunto.

El Ferrocarril de Bahía a Quito, es otra mejora utilísima y grandiosa. Esa locomotora cruzará, derramando el movimiento y la vida, por la rica y extensa provincia de Manabí; por los inmensos bosques que cubren todo el ascenso a la cordillera, y que producen maderas preciosas, cautchuc, cacao, café, caña de azúcar, y los frutos más variados y abundantes; por las dilatadas mesetas y fértiles valles andinos, adecuados para la industria pecuaria y el cultivo de cereales; en fin, unirá el centro de la República con uno de los mejores puertos ecuatorianos, llamado a ser emporio del comercio, en un día ya muy cercano.

Y, en espera de este halagador suceso, el Régimen liberal ha contratado el ahondamiento de la bahía, y la construcción de las mejores obras que faciliten el tráfico marítimo en dicho puerto.

Persuadido el gobierno liberal de que las vías de comunicación son tan necesarias a los pueblos, como las arterias al cuerpo humano, ha iniciado negociaciones para prolongar el Ferrocarril de Guayaquil, hasta Ibarra; y el de Puerto Bolívar, hasta las provincias azuayas, ricas en minas y dotadas de todos los elementos deseables, para alcanzar en breve la mayor prosperidad y cultura.

Nada, nada ha descuidado el Régimen liberal.

Ha tomado la iniciativa y la protección de todas las mejoras materiales, de todas las obras de pública utilidad: agua potable, saneamiento de Guayaquil, puentes, caminos de herradura, construcción de cuarteles, embellecimiento de las poblaciones, parques, jardines, monumentos; en todo ha pensado y puesto mano eficaz el gobierno regenerador.

No hay casi población que no haya sido dotada con edificios públicos, comprados o construidos por la Administración liberal; edificios que se han destinado para escuelas y colegios, para despachos de las gobernaciones y jefaturas políticas, para asilos de beneficencia y planteles de bellas artes, etc. A pesar de las constantes angustias del Fisco ‒causadas por el conservatismo militante‒ el Régimen actual ha esmerado su empeño por las mejoras útiles y materiales en todos los ámbitos de la República.

II

El mayor elemento de reforma que Alfaro allegó para la rege­neración ecuatoriana, fue indudablemente el Ferrocarril Trasan­dino.

Nuestras poblaciones serraniegas dormitaban entre las breñas de la gran cordillera, sin que su vista pudiera abarcar jamás la inmensidad del progreso moderno; puesto que el clero ponía toda su acucia en mantenerlas en eterna noche, interceptando hábilmente los rayos de luz de los adelantos que la hu­manidad irradiaban. Unir esas confinadas poblaciones con el océano, suprimir las distancias y dificultades del camino por medio de la locomotora, separar las montañas que nos ocultaban el horizonte infinito, facilitarnos el trato frecuente con los demás pueblos, no era sólo las industrias y el comercio; sino crear un activo y directo cambio de ideas y costumbres, despertar en la nación las nobles emulaciones con la vista de la prosperidad de los otros países, hacer que los ecuatorianos establezcan comparaciones saludables y se apasionen por la libertad y la justicia, en fin, darnos alas para salir del reino de las tinieblas y acercarnos a la claridad bienhechora.

Así lo comprendió el clericalismo y combatió sin tregua y con extraor­dinario furor la construcción de la vía férrea entre Guayaquil y Quito, ora en el Congreso, ora en los centros políticos laborantes, ora por medio de incen­diarios escritos: no hubo objeción que la prensa conservadora no opusiese a esta obra verdaderamente redentora del país; o, cuando vio que el gobierno seguía impertérrito en sus propósitos, se desató en calumnias e improperios contra el General Alfaro y sus colaboradores. La última razón, la injuria; el supremo argumento, la calumnia: tal es siempre el procedimiento del conser­vadorismo polemista.[2] Pero el tiempo ha vindicado muy pronto a los calum­niados: la pobreza en que han muerto, o viven aún, los ecuatorianos que intervinieron en el contrato del Ferrocarril, prueba irrefragablemente que no tuvieron por móvil ningún interés ni lucro, sino el bien y prosperidad de la patria.

Por otra parte, yo mismo he demostrado numéricamente que el Ferrocar­ril Trasandino es uno de los más baratos de la América Latina: hace años que se publicó mi librito El Partido Liberal y el Partido Conservador juzgados por sus obras; y ni Remigio Crespo Toral ‒que aguardó que yo estuviese desterrado en Europa para refutarme, o mejor insultarme‒ ha podido oponer razón alguna contra la baratura de nuestra línea férrea, comprobada con datos aritméticos concluyen­tes. Sin embargo, los ecos de la calumnia, aunque cada vez más débiles, re­suenan todavía a nuestros oídos, y turban hasta el silencio de la tumba del egregio fundador del liberalismo ecuatoriano.

Encargado de la Cartera de Hacienda de aquellos tiempos, me tocó firmar los Bonos del Ferrocarril; y aun participar de los continuos sinsabores y molestias que las exageradas exigencias de los empresarios de dicha obra, le ocasionaban al gobierno. Harman era hombre superior, habilísimo en las finanzas e inquebrantable en sus propósitos: mantúvose en pie sobre la quiebra de cuatro compañías constructoras secundarias; y surgió triunfante, merced a su energía y genio, de una catástrofe financiera que se tenía por irremedia­ble. Harman era el hombre que Alfaro necesitaba para realizar sus patrióticos sueños, en aquella época en que el Ecuador no disponía ni de capitales ni de crédito, y en que era menester abrir el camino de hierro con la pala en la una mano y el fusil en la otra, entre combate y combate con los irreductibles ad­versarios del progreso nacional.

Pero, ese hombre de tan excepcionales prendas, por lo mismo que conocía que el gobierno nada podía sin su colabora­ción, llevó sus pretensiones hasta el extremo, y hubo de chocar muchas veces conmigo y el Ministro de Obras Públicas. Tal empeño puso el General Alfaro en la construc­ción del Ferrocarril, que varias veces toleró las demasías de Har­man, contra el parecer de sus amigos; y estas concesiones, arrancadas por la necesidad de mejorar la suerte del país, dieron asidero a muchas acusacio­nes calumniosas, de parte de los clericales, y aun de ciertos liberales desconten­tos.

Harman vio un terreno virgen y rico en el Ecuador, y pensó en el mono­polio de la explotación; las propuestas se sucedieron a propuestas, ora sobre nuevos ferrocarriles, ora sobre laboreo de minas y utilización de bosques, ora sobre empréstitos cuantiosos y ciertas obras nacionales de segundo orden; y, aunque los Congresos rechazaban con justicia tales propues­tas, se decía que el proponente estaba apoyado por el General Alfaro. Nada más falso que esto: Alfaro toleraba, esta es la palabra; pero veía complacido la derrota de las pretensiones extremas de Harman; confiaba en que los legis­ladores rechazarían todo lo que fuese contrario a los intereses de la nación. Y cuando llegó a temer que los representantes del pueblo echasen al olvido sus deberes de hon­radez y patriotismo, se irguió con su habitual entereza y salió en defensa de la república financieramente amenazada. Tal sucedió cuando la propuesta de un gran empréstito, garantizado con las rentas públicas, en cuya recaudación e inversión pretendía Harman que interviniese un comité extran­jero, en menoscabo de la soberanía nacional. Discutió conmigo el asunto; y dirigió un Mensaje a las Cámaras Legislativas, exponiéndoles las únicas condiciones con que era posible aceptar aquel proyecto. La opinión pública, justamente alarmada, reci­bió con aplauso aquel Mensaje; y la propuesta fue totalmente rechazada en el Senado, habiendo ya sido aprobada en la otra Cámara.

Alfaro, Peralta y los hermanos John y Archer Harman

No obstante, esa misma tolerancia de Alfaro para con las ambiciones de Harman y sus asociados, constituía una falta; no contra la patria, sino contra su propia buena fama; pues los enemigos del liberalismo, y los personales del Caudillo, hacían de dicha tolerancia el cimiento de mil acusaciones temerarias que no dejaron de impresionar al pueblo. La gratitud y la consecuencia de Alfaro para su colaborador en la grande obra que lo ha inmortalizado, dieron margen a que la malevolencia le tildase de apoyador de los especuladores con la nación; y en este sentido Harman vino a convertirse en una como sombra negra para el Apóstol de la Regeneración ecuatoriana.

Cada uno de los durmientes del Ferrocarril Trasandino representa un cúmulo de fatigas y amarguras del General Alfaro y sus colaboradores; un gasto enorme de energías empleadas en vencer los obstáculos que de todas partes se alzaban contra la realización de aquel milagro del patriotismo; un esfuerzo sobrehum­ano del Magistrado que más totalmente ha hecho el sacrificio de su per­sona en aras de la república. Para Alfaro, el Ferrocarril era una verda­dera obsesión, una idea fija, un pensamiento que dominaba todos sus demás pen­samien­tos; y se resignó a todo, aun a la calumnia y al dicterio, por satis­facer a­quella noble aspiración de su alma de patriota. Y habría constru­ido la vía férrea, aunque hubiera sabido que, años más tarde y por una ironía del destino, habían de aprovecharla sus enemigos para arrastrarlo con mayor prontitud al martirio... Este era el patriotismo del General Alfaro.







[1] Tomado de: I) José Peralta, El régimen liberal y el régimen conservador juzgados por sus obras, Tip. de la Escuela de Artes y Oficios, Quito, 1911, pp. 136- 145. II) José Peralta, Mis memorias políticas, Editorial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, 3a. edición, Quito, 2012, pp. 247-251.

[2]. Se llega a decir que Alfaro es accionista de la Empresa del Ferrocarril, razón por la que se ve en la necesidad de pedir una certificación de sus directivos para desvirtuar la falsa asevera­ción de sus enemigos. La certificación conferida dice: “New York Abril 17 de 1903.- General Eloy Alfaro.-  Guayaquil.- Ecuador.- Mi querido Señor: nos permitimos informar a usted que su nombre no figura en la lista de los accionistas del “Compañía del Ferrocarril de Guayaquil a Quito”. Nuestros archivos demuestran que usted nunca ha sido ni es partícipe en nuestra Compañía, y que usted no tiene interés fiduciario de ninguna clase en nuestro ferrocarril.- De usted muy atento.- T.H. Powers Farr, Vicepresi­dente.- Sam H. Lever, Secretario Tesorero”.