domingo, 6 de septiembre de 2015

Bolívar siempre vigente: recordando al Libertador por los 200 años de su Carta de Jamaica



Un día como hoy, hace 200 años,  Simón Bolívar escribió su célebre Carta de Jamaica. Un Homenaje al Libertador en este aniversario


JOSÉ PERALTA SOBRE BOLÍVAR


La Patria naciendo de la ternura por Pavel Egüez

I
Oposición de Estados Unidos al Proyecto de Bolívar[1]


Y los Estados Unidos son los que más han combatido el panamericanismo, desde los tiempos gloriosos de la emancipación del continente. La política de aislamiento adoptada por Washington y los primeros presidentes de la gran República, rechazaba por sistema toda alianza o liga que pudiese sacar a ese pueblo de su pertinaz e interesada neutralidad. Y cuando avanzaron los tiempos y se dieron al olvido los consejos de Washington, fueron las aversiones y suspicacias políticas, los egoísmos regionales, los planes recónditos para el futuro, las reservas mentales, que decía Monroe, las que se levantaron como valla infranqueable ante cualquier proyecto de unión panamericana.

No es cierto que Bolívar concibiera la idea de mancomunar las naciones latinoamericanas con la república anglosajona, como algunos dicen, al tratar del Congreso de Panamá. Los Estados Unidos se opusieron al noble proyecto de libertar Cuba, Filipinas y más colonias españolas; y esa oposición rasgó el velo del porvenir a los ojos del Genio de América, y le hizo lamentar que la fatalidad hubiese colocado a ese pueblo en nuestro continente, para que hiciera muchos males en nombre de la libertad. No eran desconocidos para Bolívar los abismos que separaban a las dos razas antagónicas; y su visión profética alcanzó a penetrar en las tinieblas del futuro, y adivinó la suerte de la América española, al frente de un Estado rival, cuyo utilitarismo extremo había de ahogar todo sentimiento de confraternidad y justicia. Por esto puso tanto empeño en la unión hispanoamericana, considerándola como la única salvación posible de las nuevas nacionalidades, amenazadas por dos formidables enemigos: el imperialismo europeo, al presente; y el imperialismo anglosajón, en el porvenir.

En su Carta de Kingston, Bolívar rechaza la idea de formar una sola nación con las colonias españolas emancipadas; y avanza el deseo de una como liga anfictiónica de esas jóvenes nacionalidades para su mutua defensa y prosperidad, “ya que tienen un origen, una lengua, unas costumbres y una religión –dice– deberían tener un mismo gobierno…; mas no es posible, porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes, dividen la América”. El Libertador no habló sino del hispanoamericanismo, en este primer esbozo de su proyecto de una Asamblea en el istmo de Panamá.

Más tarde, dirigiéndose a Pueyrredón, concretó su pensamiento, proponiéndose realizarlo en un futuro próximo, como complemento de la emancipación hispanoamericana, a fin de sorprender al mundo con la presentación de “todas nuestras repúblicas” unidas con un pacto que les de “un aspecto de majestad y grandeza, sin ejemplo en las naciones antiguas”. La mente de Bolívar era, pues, unir y solidarizar a nuestras repúblicas, sin mezclar en el pacto meditado a ningún pueblo extraño a la familia hispana, menos a los Estados Unidos. En la Circular de 7 de diciembre de 1824 vuelve el Libertador a restringir la unión americana a los pueblos emancipados de España. “Después de quince años de sacrificio consagrados a la libertad de América –dice– es tiempo ya de que los intereses y relaciones que unen entre sí a las repúblicas americanas, antes colonias españolas, tengan una base fundamental que eternice, si es posible, la duración de estos gobiernos. Entablar aquel sistema y consolidar el poder de este gran cuerpo político pertenece al ejercicio de una autoridad sublime… Tan respetable autoridad no puede existir sino en una Asamblea de Plenipotenciarios nombrados por cada una de nuestras repúblicas, reunida bajo los auspicios de la victoria, obtenida por nuestras armas contra el poder español”. No puede ser más clara la exclusión del elemento norteamericano, que Bolívar tenía ya como generador de futuras discordias, de ambiciones desenfrenadas, de fatales desbordamientos de la fuerza contra el derecho, de opresión y tiranía sobre la América española. De consiguiente,  nada más arbitrario que atribuirle al Libertador la paternidad de la idea de un panamericanismo imposible; y que, aún juzgándolo realizable, lo habría rechazado como el mayor peligro para la independencia de los pueblos de habla castellana. Los Plenipotenciarios del Perú, en su proyecto de tratado, comenzaron por expresar que la Asamblea de Panamá se había reunido con el objeto de consultar la felicidad general de la América, antes española, y la particular de cada uno de sus Estados; grandiosa empresa en la que estaban acordes todos los Representantes de las naciones que concurrieron al Istmo.

¿Por qué, pues, fueron también invitados Inglaterra y los Estados Unidos? Algunos escritores atribuyen estas dos invitaciones, al carácter arbitrario de Santander, quien solía alardear de independencia, al punto de obrar, a las veces, en desacuerdo con las instrucciones del Libertador. Cierto que la invitación al rey de Inglaterra, se debió al citado general; y Bolívar, en su carta al ministro Revenga, desaprobó el hecho en estos términos: “Por ahora nos parece que nos dará gran importancia y mucha respetabilidad la alianza con la Gran Bretaña… Pero estas ventajas no disipan los temores de que esta poderosa Nación sea en lo futuro soberana de los consejos y decisiones de la Asamblea; que su voz sea la más penetrante, y sus intereses sean el alma de la Confederación, que no se atreverá a disgustarla, por no echarse encima un enemigo irresistible. Este es, en mi concepto, el mayor peligro que haya en mezclar a una nación tan fuerte con otras tan débiles”. Felizmente, el ministro Canning, al aceptar la invitación, limitó el carácter diplomático de su Enviado, a mero espectador, de lo que sucediese en el Congreso de Panamá, advirtiéndole que no debía tomar parte alguna en las discusiones de dicha Asamblea, ni salir en ningún caso de la neutralidad inglesa. Y así lo comunicó dicho ministro, en 23 de enero de 1826, al Plenipotenciario de Colombia, en Londres; de manera que los justos temores del Libertador se disiparon, merced a la atinada política de Mr. Canning.

La invitación a los Estados Unidos –que tanto contrarió a Bolívar– fue exigida por el general Guadalupe Victoria, presidente de Méjico; y sirvió, indudablemente, para que se revelara sin ambages ni medias sombras el espíritu yanqui.

En el Programa del Congreso figuraban, entre otros, estos dos importantes proyectos: abolir la esclavitud y transformar en universal la doctrina de no intervención, de suerte que ninguna nación pudiera inmiscuirse en los negocios internos y privativos de otra. Estos proyectos desagradaron a un país que explotaba el sudor de los esclavos; y que, por boca de Monroe, había restringido la aplicación de aquella doctrina, sólo a las naciones europeas, reservándose, in pectore, intervenir en las repúblicas americanas, oprimirlas y despojarlas, como luego ha sucedido. La previsión de Bolívar, en cuanto al principio de no intervención, venía a demoler los cimientos de la artera y desleal política, mediante la cual esperaba la república anglosajona ejercer la más omnímoda hegemonía en nuestro hemisferio; y la invitación fue acremente combatida en el parlamento. Pero, como no se tuvo por oportuno una repulsa franca, Buchanan propuso que se hiciesen representar los Estados Unidos en el Congreso de Panamá, con tal que los Plenipotenciarios se abstuvieran de toda alianza, sea ofensiva o defensiva, con las repúblicas hispanoamericanas. La Asamblea del Istmo contaba con otros dos espectadores, con carácter diplomático; y aun esta irrisoria moción fue aprobada con la insignificante mayoría de dos votos. Y mientras tanto, la Comisión del Senado, encargada de estudiar este asunto, adoptó por unanimidad la doctrina intervencionista, como derecho indisputable de la República modelo sobre sus hermanas menores, inhábiles aún para regirse por si mismas. Y los dueños de esclavos, o especuladores con la importación de ébano viviente, pusieron el grito en las nubes contra Bolívar y sus delirios. El mismo Clay fingió dar crédito a las calumnias de que era víctima por entonces el Libertador, para disculpar la actitud de su gobierno. Adams, el probo Adams, se envolvió en una política verdaderamente florentina; y de subterfugio en subterfugio, no llegó a pronunciar una sola palabra decisiva en el asunto. Y los Plenipotenciarios prolongaron estudiadamente su camino, hasta que Mr. Anderson falleció en la costa atlántica de Colombia; Y Mr. Sergeant acertó a llegar cuando ya estaban cerradas las puertas de la Asamblea.

He aquí cómo los Estados Unidos combatieron el panamericanismo, si bien, jamás pensó Bolívar en unión tan absurda. Posteriormente, y en vista de la unánime aversión al imperialismo anglosajón, los hombres de Estado de ese país, se han mostrado sumamente adictos a la unión que antes desecharon con tan ultrajante terquedad. Persiguiendo esta ilusión, se han celebrado ya cinco Congresos Panamericanos, sin éxito alguno favorable: por lo contrario, en el más importante de ellos, el argentino Sáenz Peña, después de confutar elocuentemente la tesis yanqui, lanzó la gran frase, la fórmula matadora de las pretensiones anglosajonas: América para la Humanidad.

Tal vez Blaine fue sincero cuando dijo: “Destruyamos en este hemisferio el aterrador espectro de la guerra y la discordia, y grabemos en nuestros códigos estas sagradas palabras: Fraternidad, Paz, Justicia”. Pero tan buenos propósitos han sido contradichos de seguida, con atentados inauditos, execrables, conculcadores de toda moral y derecho. En un Congreso Panamericano se condenó con solemnidad y unánimemente, el llamado derecho de conquista; la anexión de territorios por medio de la violencia; la intervención en los negocios domésticos de un país. Y no pasó mucho sin que la República dechado hollase tan sabias como justas resoluciones, en pueblos indefensos, a los que había invitado –como por sarcasmo– al Congreso que las expidió con mundial aplauso. ¿Cómo dar crédito a las repetidas declaraciones de los pacifistas de aquella nación falaz y artera? ¿Cómo soñar en la unión con una potencia que no medita sino esclaviza a sus hermanas? El Panamericanismo es imposible; y de ser hacedero, equivaldría al suicidio de la raza latinoamericana.


II
Unirnos o perecer: el legado del Libertador[2]

Bolívar –lo repetiré– previó la fatal intervención de los Estados Unidos en la vida de los pueblos latinoamericanos; lo expresó con amargura, y no cesó de aconsejar la unión de todas las jóvenes repúblicas, para que pudieran defender su independencia. Cuando el Libertador se sintió herido de muerte por la ingratitud de los hombres, más que por los males físicos; cuando abandonado y proscrito, lo envolvía ya la penumbra del sepulcro, habló todavía a los pueblos libertados por su brazo; y el postrer, el supremo consejo del Genio de América, fue la unión, a fin de que fueran fuertes, libres y felices, las naciones que le debían la vida. El estrechamiento de vínculos internacionales, la solidaridad de intereses, el apoyo recíproco, la confraternidad y armonía de los Estados iberoamericanos, fueron para Bolívar, la clave de su libertad e independencia, la condición de su prosperidad y grandeza. La Circular a las Potencias Americanas, de 7 de diciembre de 1824, revela toda la visión profética, toda la sabiduría política, todo el vehemente anhelo por la perpetuidad de la autonomía de cada república, y del imperio de la justicia, la libertad y el derecho, que en el alma grandiosa del Libertador cabían. Por desgracia no fue comprendido: el estrechísimo criterio de Rivadavia, por ejemplo, vio grandes peligros para la autonomía de las regiones del Plata, en la reunión del Congreso internacional de Panamá; por lo cual se negó a cooperar a ese acto de alta y trascendental política, y aun trabajó por su fracaso. Si O’ Higgins y Freire miraron tan noble proyecto con simpatía, Chile, cuando llegó el momento, se abstuvo de nombrar sus Plenipotenciarios, so pretexto de que correspondía al Congreso resolver ese grave negocio. El Brasil se manifestó partidario de esa como liga anfictiónica, pero tampoco designó sus Delegados. Sólo Méjico, Centroamérica, el Perú y la Gran Colombia, concurrieron a la magna cita; y sentaron los preliminares de un consorcio internacional que había de ser la más sólida garantía de las naciones de nuestra raza.

Se ha celebrado el Centenario del Congreso de Panamá; y, cuando se esperaba que la Asamblea latinoamericana, diera siquiera un paso adelante, en la senda trazada por Bolívar, vimos con pesar que, salvos el carácter y altivez de dos o tres Delegados, el Congreso se inclinó a la voluntad de los Estados Unidos…

Pero aun no es tarde: es urgente salvarnos; y la salvación está en mancomunar nuestra suerte, en unirnos sinceramente con el fin de prestarnos mutua ayuda, para una defensa eficaz y justa contra el imperialismo que nos amenaza. Tomen la iniciativa los más fuertes: el Brasil y la Argentina, Méjico y Chile; y todos los demás pueblos hispanoamericanos concurrirán solícitos a sentar las bases de un acuerdo solemne que afiance la paz y la concordia en el Continente, por medio del respeto a la soberanía de todos y cada uno de los Estados que lo componen. Unirse o perecer, es el fatal dilema; porque el Coloso nos aplastará uno a uno, ante los restantes, amedrentados con el desastre de las primeras víctimas.

*  *   *

Epílogo: Evitar la fatalidad que en nuestros días se cierne en otras latitudes[3]


El águila del Norte revuela sin cesar en torno de las víctimas que ansía, y sus poderosas alas proyectan ya una sombra funesta sobre casi todas las naciones del Continente; sombra semejante a nubarrones tempestuosos, que llevan en su seno el desastre, la esclavitud y la muerte. Esa potencia que, como lo presintió Bolívar, ha colocado la fatalidad en el nuevo mundo, amenaza a la América española, viéndola dividida en Estados rivales, sin cohesión ni vínculos que los solidaricen, cada cual entregado a su propia suerte; y la terrible garra se ha ensañado en pueblos pequeños, débiles, inermes, abandonados por sus hermanos, sin ningún auxilio en su desventura. La empresa ha sido fácil, el éxito completo; y mañana, cuando domine nuestros mares, atacará a las repúblicas mayores, anhelando subyugar totalmente a la valerosa y noble, pero imprevisora raza latina. ¿No véis al Ave voraz, como se cierne, amenazadora y siniestra, sobre sus futuras presas?




[1] Capítulo VI de La Esclavitud de la América Latina, en José Peralta,  La Esclavitud de la América Latina y otros escritos antiimperialistas, Ministerio de Relaciones Exteriores y Movilidad Humana, Quito, 2015, pp. 59-63.
[2] Ibíd, cap. XIX, pp. 99-98.
[3] Tomado del artículo  “Acción Comunal”, Panamá, 26 de julio de 1927,  publicado por José Peralta en el periódico del mismo nombre, en José Peralta,  La Esclavitud de la América Latina y otros escritos antiimperialistas, Ministerio de Relaciones Exteriores y Movilidad Humana, Quito, 2015, p. 139.

viernes, 5 de junio de 2015

La esclavitud de la América Latina y otros escritos antiimperialistas ya está disponible en internet

Para aquellos que quieran leer LA ESCLAVITUD DE LA AMÉRICA LATINA ya pueden hacerlo en este enlace:

http://www.cancilleria.gob.ec/wp-content/uploads/2015/03/La-esclavitud-de-la-Am%C3%A9rica-Latina.pdf


viernes, 13 de marzo de 2015

Hace nueve décadas Peralta previno acerca de la pretensión yanqui por apoderarse de los recursos venezolanos



Hace nueve décadas José Peralta escribió esto de gran actualidad sobre Venezuela (capítulo X de La esclavitud de la América Latina, 1927)
  
Cipriano Castro pudo ser un detestable tirano, como dicen; pero fue varón de pelo en pecho, y se las tuvo muy tiesas con las pretensiones de la Gran República. Fue el único hispanoamericano que no temió echarle agraz en los ojos al terrible conquistador, siempre y cuando era indispensable volver por la dignidad y los derechos de Venezuela. El gobierno de Washington llegó a temerlo; y, cuando Castro cayó del poder, constituyose en carcelero del proscrito, temblando ante una posible restauración del audaz venezolano. Sólo Inglaterra custodió con mayores sobresaltos al prisionero de Santa Elena: la persecución americana engrandeció a Castro, y puso de relieve lo que la entereza puede contra los avances del yanquismo.

El Águila del Norte ha volado varias veces sobre la patria de Bolívar, pero los hijos de los invictos llaneros, que asombraron al mundo con sus hazañas, no la pierden de vista, y están listos a darle caza.




Un tribunal arbitral sentenció, oídas las partes, que el gobierno venezolano pagase dos millones y pico de bolívares, por una reclamación de Norteamérica; pero esta nación modelo de buena fe y respeto a la justicia, modificó, por sí y ante sí, dicho fallo, y exigió que se le entregaran ochenta y un millones, ni un centavo menos, y ello por la fuerza. ¿Qué valen la moral, la justicia y las leyes internacionales; qué las resoluciones de árbitros sapientes y probos; qué el buen nombre del Estado, al tratarse de una apreciable ganancia, de un aumento de oro en las cajas de la Gran República? Venezuela es país riquísimo, extenso, inexplotado; y el Paquidermo conquistador ha clavado sus ojos glaucos en esa posible víctima de su insaciable codicia. 

¿Cuántas luchas, cuántas desventuras, cuántos pueblos aplastados bajo las patas del Elefante, nos oculta el porvenir?





 ¡En Venezuela no pasarán!



viernes, 27 de febrero de 2015

Circula nueva edición de la Esclavitud de la América Latina



Circula nueva edición de la Esclavitud de la América Latina

Para obtener el libro:

Esta nueva edición del clásico escrito por José Peralta se distribuye gratuitamente  en las Oficinas del Archivo Histórico del Ministerio de Relaciones Exteriores, junto con el libro La CIA contra América Latina (Philip Agge, Jaime Galarza Zavala y Francisco Herera Aráuz).





NOTA AL LECTOR

Sin desmerecer las numerosas ediciones anteriores de La Esclavitud  de la América Latina, por el valioso papel que jugaron para desarrollar en nuestro pueblo el sentimiento antiimperialista inspirado por José Peralta, tenemos la obligación de señalar que, unas más otras menos, tanto las versiones completas como aquellas arbitrariamente fragmentadas por criterios sui géneris de los editores, todas adolecen de fallas que se han seguido reproduciendo porque no fueron cotejadas adecuadamente con los originales de la obra. Para enmendar eso, presentamos esta nueva edición cuidadosamente revisada de los XXV capítulos de su célebre ensayo.

Peralta expone en esta obra toda su concepción antiimperialista, madurada desde fines del siglo XIX y principios del XX, época en la que como canciller del Ecuador tiene que enfrentar las actitudes de los Estados Unidos adversas a nuestros intereses. Convicción que se consolida en 1910 cuando Eloy Alfaro nuevamente le nombra ministro de Relaciones Exteriores y dirige brillantemente la defensa de nuestra soberanía, oponiéndose con valentía a la prepotencia del águila del Norte en su torpe intento de imponer su criterio en la resolución de nuestros problemas limítrofes con el Perú.

Esa posición antiimperialista, ampliamente conocida por los latinoamericanos progresistas de la época, es confirmada por el gran escritor colombiano José María Vargas Vila en carta de congratulación que le dirige por su designación por segunda ocasión como canciller del Ecuador. Unos años más tarde, en 1914, desde su destierro en Lima, José Peralta envía a sus hijos una carta en la que magistralmente resume sus ideas respecto al imperialismo yanqui, las mismas que desarrolla amplia y detalladamente cuando, desterrado nuevamente, escribe en Panamá La esclavitud de la América Latina.

Hemos creído conveniente incluir esas cartas para refutar ciertos análisis antojadizos y superficiales acerca de su “antiimperialismo tardío”, producto de elucubraciones incorrectas por desconocimiento de quienes, al no investigar más seriamente el asunto, han expresado su criterio subjetivo sin ningún sustento histórico.

 Incluimos también otros escritos de José Peralta donde se manifiesta su posición ideológica respecto del imperialismo. La sexta carta a un jesuita en la que destaca el papel de México y Acción comunal, arenga a la juventud panameña para que luche contra el imperialismo yanqui que infama su suelo patrio, publicados en el periódico del mismo nombre durante su exilio en ese país. Infantilismo diplomático, artículo publicado en el diario El Día de Quito en 1927, y otro inédito que reposa en su archivo, El monroísmo y sus transmutaciones, posiblemente preparado para el mismo periódico, pero impedida su aparición por expresa disposición del gobierno de turno. Finalmente, un fragmento de su obra Por la verdad y la Patria escrita en 1928, para completar su producción y visión acerca del imperialismo.

En esta edición, con proyección a ser difundida en otros países hermanos, hemos considerado también pertinente acompañarla de dos prólogos y un estudio que dimensionan objetivamente el valor de La esclavitud de la América Latina para la cultura ecuatoriana y latinoamericana. Escritos por tres destacados compatriotas, tienen un denominador común: los tres han contribuido con valiosos libros para las letras  nacionales y de la Patria Grande, fueron discípulos y fervientes admiradores de Peralta de las dos generaciones posteriores, conocieron profundamente su obra y emularon la mejor enseñanza que les legó el Maestro, el ejemplo de su vida: recta, honesta y generosamente útil a la patria, a los dos primeros en las aulas universitarias y al tercero en el seno del hogar.

Las ediciones anteriores de La Esclavitud de la América Latina carecen de un índice por lo que hemos elaborado uno para facilitar su lectura, asumiendo los riesgos que eso implica. Se ha mantenido también el título, a pesar de que en los originales consta como La esclavitud de la América española, pues consideramos acertado el cambio tomado por los editores de su primera edición, por ser más adecuado a su contenido. Además, el autor utiliza la denominación América Latina en varios de sus escritos, desde la última década del siglo XIX.

Hoy que se ha incrementado la injerencia imperialista en los asuntos vitales de nuestros pueblos, rescatar lo más esclarecido del pensamiento latinoamericano que lo enfrenta, lo desnuda y nos previene de las miserias con las que nos puede plagar en nombre de la libertad, es tarea inaplazable para despertar las conciencias.

El Ecuador, para referirnos solamente a su historia reciente, ha sido víctima varias veces de la prepotencia yanqui con la anuencia de nuestros gobernantes.

Durante el gobierno servil de Mahuad  se nos impuso un tratado de paz perjudicial a nuestra soberanía territorial, ofendiendo incluso el orgullo militar ecuatoriano que, a pesar de salir victorioso en el campo de batalla, al rato de la decisión final, el árbitro del Norte inclinó la balanza a favor de los derrotados. Como si no fuera suficiente, el mismo presidente de ingrata recordación que ahora vive de las migajas del amo en Harvard, nos privó de moneda nacional y política monetaria y le cedió una base militar en Manta, generando con esas acciones mayor dependencia de nuestro país respecto del imperio.

Los gobiernos posteriores de Noboa y Gutiérrez prosiguieron con esa tradición de complicidad y sumisión: concesiones y contratos perjudiciales en la explotación de nuestros recursos naturales y el descarado empeño, digno de mejor causa, de cargar a los ecuatorianos con las cadenas del TLC, impedido por la valerosa lucha y resistencia de nuestro pueblo.

Y hace poco, con el mayor de los cinismos Álvaro Uribe Vélez, en vergonzosa alianza con el carnicero de Irak, como cumpliendo el proverbio de Dios les cría y ellos se juntan, viola nuestra soberanía territorial y asesina en nuestro suelo patrio, con la clara  intención de involucrarnos en el Plan Colombia elaborado en Washington, sin importarles poner en riesgo la paz de toda la región, en su vano intento por detener el rumbo democrático y soberano que han emprendido varios de sus gobiernos.

La intromisión imperialista en nuestro país ha llegado a tales extremos que, el presidente Rafael Correa, con valentía que lo enaltece, calificó de desastrosa y vergonzosa la política exterior de Bush, cuando en franco apoyo al bombardeo del ejército colombiano en Sucumbíos trató a nuestro gobierno de permisible con los insurgentes de las FARC. En pregunta acusatoria enrostró sus verdaderas intenciones: “¿Acaso buscan desestabilizar un gobierno patriota que ha rehusado involucrarse en el Plan Colombia y poner otro gobierno títere que se preste a cualquier indicativo del extranjero?, ¿acaso buscan desestabilizar a un gobierno que claramente ha dicho que en el 2009 se acabaron las bases extranjeras en suelo patrio”? Y que si no entiende Mr. Bush lo que está pasando en América Latina, sería mejor que se calle la boca.
Además, se vio obligado a denunciar ante el mundo que “los sistemas de inteligencia ecuatoriana (estaban) totalmente infiltrados y sometidos a la CIA”, con la consiguiente reestructuración de estas instancias y la revisión de los convenios de “colaboración” entre Ecuador y los EE. UU en la capacitación de quienes, en lugar de servir a nuestros intereses, se convertían en sus informantes. Y en uno de sus discursos eleva su tono antiimperialista señalando a los culpables: esa unión de elites y oligarquías, que lo único que hicieron es asolar nuestras tierras con su entreguismo y su doble moral”, esos “sumisos con el imperio y soberbios con su propia gente”. Vaticinando que esa “historia repetida durante tantos años, está siendo, por decisión de nuestros pueblos, erradicada para siempre.”
La dignidad y altivez de los mejores exponentes del liberalismo radical, olvidada o desechada por la gran mayoría de los sumisos y complacientes presidentes que nos han gobernado en los últimos cien años,  ha renacido para bien del pueblo ecuatoriano.

Estamos seguros que en este momento crucial de nuestra historia, el pensamiento de Peralta que opone el bolivarianismo unitario como única doctrina válida para el futuro promisorio de América Latina, al monroísmo yanqui ejercido en los últimos dos siglos bajo distintos membretes, contribuirá eficazmente en pro de nuestra segunda independencia, especialmente ahora que ha renacido la esperanza en la Patria Grande, augurando la buena nueva que otro mundo es posible.


 César Albornoz