sábado, 28 de septiembre de 2019

Cancillería ecuatoriana retira de su página institucional libro de José Peralta



CENSURA DEL “GOBIERNO DE TODOS” A TRAVÉS DE SU CANCILLERÍA AL PENSAMIENTO ANTIIMPERIALISTA Y DE DEFENSA DE NUESTRA SOBERANÍA DE JOSÉ PERALTA




Mediante memorando de 26 de agosto de 2019, dirigido a sus representaciones diplomáticas en varios países, el Ministerio de Relaciones Exteriores y Movilidad Humana con el pretexto de “actualización de información en páginas institucionales”, les informa que se ha procedido “a quitar los enlaces” en internet de tres libros publicados por la cancillería en la gestión del gobierno anterior, ordenándoles “retirar estas publicaciones y/o sus enlaces, de ser el caso, de las páginas electrónicas de sus respectivas Misiones y disponer a los Consulados a su digno cargo que actúen en igual sentido”.

Las incómodas publicaciones que claramente no comulgan con su actual política internacional son el folleto 8 años de Diplomacia Revolucionaria de autoría de la Dirección de Comunicación Social del MREMH, La CIA contra América Latina de Jaime Galarza Zavala, Francisco Herrera Aráuz y Philip Agee que figuran en la portada como coautores y, el tercero, La esclavitud de la América Latina de José Peralta, uno de los cancilleres más emblemáticos que ha tenido el país por su destacada actuación en defensa de la soberanía nacional y por su inclaudicable lucha en pro del legado bolivariano de la integración latinoamericana.

Resulta impresionante que en pleno siglo XXI sigan funcionando en el Ecuador instituciones públicas inquisitoriales que, sin ningún escrúpulo, atenten contra la libertad de expresión y la difusión de nuestro patrimonio nacional intangible. La Cancillería ha procedido casi como los torquemadas de siglos anteriores al coartar la circulación de obras que esclarecen y dan dignidad a nuestra historia. Es de suponer que si quedó algún remanente de ejemplares de esos libros, haya sido lanzado a la hoguera. No entienden, como lo ha demostrado la historia, que el fuego o censuras no eliminan las ideas, al contrario, de sus cenizas o torpes prohibiciones, como el ave fénix, renacen y se esparcen con más fuerza.

Para José Peralta (18551937), viniendo del gobierno que hoy nos desgobierna, ese malhadado memorando antes que una censura constituye un galardón, una condecoración más a su larga trayectoria de luchador por la transformación y regeneración de nuestra sociedad. Y si así proceden es porque su pensamiento sigue vivo, porque les asusta que siga despertando conciencias. Además, prohibiciones, excomuniones y censuras a sus escritos los soportó en vida, junto con encarcelamientos, destierros y confinamientos. La dictadura de Veintimilla lo encarceló en 1877 y lo confinó en 1878; García el pequeño, como le apodaban al exterminador de liberales José María Plácido Caamaño, igualmente lo hizo en 1888. En 188889, periódico que fundaba La Libertad, La Verdad, La Razón, La Época era al poco tiempo prohibido por el obispo León de Cuenca. También en 1889 por orden del arzobispo Ordóñez, basándose en el informe de González Suárez, se prohíbe la circulación y lectura de El Constitucional, con excomunión incluida y circular del ministro del Interior Laso a todas las gobernaciones para que la excomunión y censura sean estrictamente cumplidas.

Después, en plena contrarrevolución contra el radicalismo, Carlos Freire Zaldumbide ordena su encarcelamiento y destierro en 1911. A su regreso al país, le dura poco la estadía, pues el Judas de la revolución liberal, Leonidas Plaza Gutiérrez, lo hace apresar en 1912 y lo destierra en 1913. Y, finalmente, cuando frisaba los 72 años, el dictador Ayora ordena su destierro en 1927. Precisamente durante este último ostracismo escribe en Panamá La esclavitud de la América Latina, tema que lo había empezado a tratar en sus artículos que publica regularmente en el diario quiteño El Día. Es desterrado con el fin de evitar críticas al gobierno y especialmente a la Misión Kemmerer, de visita en el país y de gira por Latinoamérica imponiendo sus políticas en beneficio del águila del Norte, tal  como ahora lo hace el FMI.

Resulta doblemente meritorio que su voz altiva contra el imperialismo que desde hace más de un siglo entierra sus garras al sur del río Grande, haya despertado el temor y la prohibición de dos gobiernos parecidos: el de Ayora y el de Moreno. El temor a su pluma de fuego e ideas precisas con que denuncia atropellos, corrupción, políticas entreguistas y abusos de gobernantes de mala calaña, por lo visto permanece latente.

Que en el 2019 se trate de silenciar su pensamiento, con el torpe argumento de “actualización de información en páginas institucionales”, en fin de cuentas demuestra eso. Molesta a la política de sumisión al Imperio que con sus escritos siga dando batalla, que sigan vigentes sus denuncias y prevenciones realizadas hace casi un siglo. Que desenmascare la verdadera esencia de la política yanqui y del uso que el país del Norte hace de mandatarios genuflexos a favor suyo, sin importarles un bledo las desgracias que con eso siembran en sus pueblos. Que siga enarbolando la bandera del bolivarianismo integracionista opuesto al monroísmo en cualquiera de sus variantes. Y hasta de prevenirnos de antiguos afanes por despojarnos de Galápagos, o al menos usar las islas a su conveniencia, lo que les traerá a su mente, porque está fresco en la memoria, la estupidez dicha hace poco por el ministro de Defensa, que esas islas son portaviones naturales. Increíble pero cierto que eso haya salido de la boca de quien más que nadie debe defender la soberanía de nuestro país.

 Si creyeron silenciarlo, equivocaron el camino. Su pensamiento cada vez encontrará más adeptos en la defensa de la soberanía nacional, en la toma de conciencia que no se deben elegir más presidentes fantoches en nuestras patrias. Y más que nada, la urgente tarea de forjar la unidad latinoamericana, el bolivarianismo en acción predicado por lo mejor del pensamiento latinoamericano en los últimos dos siglos, como única alternativa para sobrevivir como pueblos dignos.

Como a la Cancillería ecuatoriana no le queda sitio para difundir lo mejor de nuestro pensamiento patriótico, nos parece justo poner a disposición del público el libro censurado por ese remedo de inquisidores de nuestros días.


Léelo y aprehende. Y si después de ello tu opción es la de ciudadano digno de la Patria Grande, no de los sumisos al Imperio, difúndelo para despertar más y más conciencias que fructifiquen en la construcción pendiente de la patria latinoamericana, de Nuestra América, como gustaba llamarla José Martí.
  


César Albornoz

sábado, 8 de diciembre de 2018

Los precursores de los “diezmos” en la historia política ecuatoriana



 Los precursores de los “diezmos” en la historia política ecuatoriana

La antigua tradición de la Iglesia cristiana de extorsionar con tributos relacionados con los ingresos de la gente, oficializada por la corona española para los servidores públicos mediante Real cédula en 1631, fue revivida en beneficio propio por dos presidentes ecuatorianos. En sus escritos refiere José Peralta sobre esa especie de annatas y medias annatas, o delito de concusión según nuestras leyes vigentes,  que cobraban a sus subalternos José María Plácido Caamaño y Gonzalo Córdova. El resto de políticos ecuatorianos posteriores que han incurrido en similares prácticas, no son más que sus discípulos.

I
En uno de sus artículos publicado en el periódico El Tiempo en 1905[1] José Peralta dice esto respecto al gobierno y actuación posterior de JOSÉ MARÍA PLÁCIDO CAAMAÑO, presidente (1884–1888) y gobernador del Guayas (1894-1895):


“¡Esa fue la época de las finanzas, el reinado absoluto de la argolla, el imperio del agio y del peculado! Caamaño especuló en todo, hasta con la Bandera de la Patria… La compra y compostura diaria de buques, verdaderas joyas arqueológicas; la adquisición de armas, municiones, monturas, & que se pagaba caro, carísimo, y no llegaban a los parques nacionales; los frecuentes pedidos de uniformes, muebles, material de telégrafo, & que nadie llegó a recibir; los contratos ruinosos, celebrados con los de la trinca; los empréstitos escandalosos, dentro y fuera de la República; la colecta de fondos sagrados para la defensa nacional; los contrabandos descarados, como los de ahora;  los empleos sujetos a las annatas y medias annatas, sin exceptuar ni el miserable sueldo de los celadores de policía; los bienes de los montoneros, & fueron mina inagotable para el progresismo católico”.

 En sus Memorias políticas[2] José Peralta reitera lo dicho sobre el jefe de la tristemente célebre Argolla:

“La codicia era el vicio capital de Caamaño; y, mientras Cordero gastaba su propia fortuna en sostener el rango presidencial, en una época en la que la crisis del fisco era alarmante, el gobernador del Guayas aumentaba de todos modos su caudal, sin desperdiciar para ello ni fracciones de sucre, ni retroceder ante vergonzosas raterías. Estableció el pago de una especie de annatas y medias annatas, al que estaban obligados todos los empleados del Guayas, hasta el humilde agente de policía que había de partir su exigua soldada con el jefe del progresismo, si no quería ser despedido por la tangente y por cualquier pretexto. El contrabando había dado un maravilloso remedio para cegar al Argos que lo perseguía: no tenía sino que ir a la parte con Caamaño, y los cien ojos quedaban de hecho sumidos en oscura y eterna noche, por más que brillara el sol en el zenit... Los contratos con el fisco, la adquisición de elementos bélicos, las obras públicas, etc., eran tesoros escondidos para la generalidad; pero el zahorí de Tenguel descubría hasta la menor partícula de oro que la tierra en su opaco manto escondía.”


II

GÓNZALO CÓRDOVA elegido presidente en 1924 y depuesto por el movimiento popular del 9 de julio de 1925 en rechazo a todo lo que significó la represión y la corrupción plutocrática, es el otro extorsionador de los funcionarios públicos en varias provincias durante su tiempo como ministro de Gobierno y de Obras Públicas en la primera administración de Leonidas Plaza (1901–1904). Les obligaba a tribu­tarle mensualmente para mantenerse en su cargo, Peralta[3] lo narra así:

Harman nos refería después que jamás obtuvo una orden favorable a la Compañía del Ferrocarril, sin pagar una prima considerable al ministro de Obras Públicas, Dr. Gonzalo Córdova; y que, con el fin de tener propicio al general Plaza, se había visto algunas veces en dura necesidad de concurrir a las sesiones de juego del presidente y dejarse ganar crecidas sumas, es­tudiadamente y para complacer al director de aquel garito. ¿Exageraba acaso Archer Harman? No es verosímil, porque un hombre de su posición no podía convertirse en calumniador de personas que habían desempeñado tan altos puestos en la república.
            Y tratándose de Córdova, desaparece toda inverosimilitud; pues llegó aun a establecer ─sin recatarse y como legítima negociación─  el pago de annatas y medias annatas en determinadas provincias, lo que nadie hasta entonces había hecho, ni aun en los tiempos de mayor pillaje oficial. En Cañar, por ejemplo, no había empleado que no le pagase a Córdova una buena cuota de su sueldo: de gobernador abajo, mensualmente y por propia mano, entregaban la suma pactada, al ministro que los mantenía en el destino. Fatio ut des: Córdova no extendía nombramiento, sin el consabido “por cuanto vos daréis...” Y digo que no hacía misterio de estas ruindades, porque cada contribución estaba pública­mente destinada a llenar uno de los domésticos egresos del ministro; y el mismo contribuyente era el encargado de la inversión, sin tapujos ni disimula­ciones que salvaran el decoro de su codicioso superior. Así, el gobernador invertía el tributo que se le había impuesto, en costear la educación de la hija del Dr. Córdova, alumna interna en el colegio de la Providencia, de Azogues...”








[1] Suetonio [seudónimo de J. Peralta], “Natural y figura…”, El Tiempo, Quito, 31 de agosto de 1905.
[2] Peralta, José Mis memorias políticas, 4ta. ed., Editorial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 2012, p. 89-90.
[3] Peralta, José Mis memorias políticas, op. cit., p. 335.


martes, 24 de julio de 2018

Recordando el legado de Bolívar


Que la clarividencia del pensamiento del Libertador sirva para recordar a los latinoamericanos que nuestra única alternativa como países soberanos es la integración: principio bolivariano desgraciadamente olvidado por varios de los presidentes genuflexos que hoy nos gobiernan. Los liberales radicales del Ecuador al igual que sus pares latinoamericanos fueron de los primeros que reivindicaron esa tarea pendiente. Esto lo que dice José Peralta sobre una de las mayores herencias que nos legó el bolivarianismo.



La unidad latinoamericana predicada por Bolívar es la única alternativa de soberanía para nuestros pueblos[1]

  
José Peralta





La política internacional norteamericana es meramente económica: toda su ciencia diplomática se reduce a la habilidad con que tiende una red pérfida, de mallas de oro, alrededor de las naciones que desea vencer. Si la codiciada presa no se enreda prontamente en el lazo, viene al auxilio del cazador, el soborno, el cohecho, que no faltan corrompidos y traidores que venden su patria por ambición o por codicia.

  Coolidge[2] quiso honrar la memoria de los ciudadanos muertos por la República; y no hizo otra cosa que recitar cínicamente una parodia de aquella oración del fariseo, que subía al templo y le recordaba a Jehová, en alta voz, todas sus pretendidas buenas obras, creyendo engañar a Dios y a los hombres. “Jamás nos hemos movido contra otras naciones –dijo el hipócrita orador– por ambición de conquista, por deseo de poder, por anhelo de extender el territorio, menos por venganza. No hemos robado a ningún pueblo su independencia, ni hemos levantado la mano para oprimir a nadie. Cuando nuestros ejércitos han combatido, ha sido en apoyo de gobiernos que no pueden gobernarse por sí mismos; para ampliar la órbita de la libertad, en defensa de los principios de toda libertad!” ¡Cuánto cinismo y mala fe! ¡Qué cruel bofetada a la Historia, y a todos los que hemos presenciado los crímenes cometidos contra Colombia y México, Panamá y Nicaragua, Santo Domingo y Haití, Venezuela y Honduras, y tantas otras víctimas de la amoral política yanqui!

  No eran desconocidos para Bolívar los abismos que separaban a las dos razas antagónicas; y su visión profética alcanzó a penetrar en las tinieblas del futuro, y adivinó la suerte de la América española, al frente de un Estado rival, cuyo utilitarismo extremo había de ahogar todo sentimiento de confraternidad y justicia. Por esto puso tanto empeño en la unión hispanoamericana, considerándola como la única salvación posible de las nuevas nacionalidades, amenazadas por dos formidables enemigos: el imperialismo europeo, al presente; y el imperialismo anglosajón, en el porvenir.

  La mente de Bolívar era, pues, unir y solidarizar a nuestras repúblicas, sin mezclar en el pacto meditado a ningún pueblo extraño a la familia hispana, menos a los Estados Unidos. En la Circular de 7 de diciembre de 1824 vuelve el Libertador a restringir la unión americana a los pueblos emancipados de España. “Después de quince años de sacrificio consagrados a la libertad de América –dice– es tiempo ya de que los intereses y relaciones que unen entre sí a las repúblicas americanas, antes colonias españolas, tengan una base fundamental que eternice, si es posible, la duración de estos gobiernos. Entablar aquel sistema y consolidar el poder de este gran cuerpo político pertenece al ejercicio de una autoridad sublime… Tan respetable autoridad no puede existir sino en una Asamblea de Plenipotenciarios nombrados por cada una de nuestras repúblicas, reunida bajo los auspicios de la victoria, obtenida por nuestras armas contra el poder español”. No puede ser más clara la exclusión del elemento norteamericano, que Bolívar tenía ya como generador de futuras discordias, de ambiciones desenfrenadas, de fatales desbordamientos de la fuerza contra el derecho, de opresión y tiranía sobre la América española.[3]

  En el Programa del Congreso[4] figuraban, entre otros, estos dos importantes proyectos: abolir la esclavitud y transformar en universal la doctrina de no intervención, de suerte que ninguna nación pudiera inmiscuirse en los negocios internos y privativos de otra. Estos proyectos desagradaron a un país que explotaba el sudor de los esclavos; y que, por boca de Monroe, había restringido la aplicación de aquella doctrina, sólo a las naciones europeas, reservándose, in pectore, intervenir en las repúblicas americanas, oprimirlas y despojarlas, como luego ha sucedido. La previsión de Bolívar, en cuanto al principio de no intervención, venía a demoler los cimientos de la artera y desleal política, mediante la cual esperaba la república anglosajona ejercer la más omnímoda hegemonía en nuestro hemisferio; y la invitación fue acremente combatida en el parlamento. Pero, como no se tuvo por oportuno una repulsa franca, Buchanan propuso que se hiciesen representar los Estados Unidos en el Congreso de Panamá, con tal que los Plenipotenciarios se abstuvieran de toda alianza, sea ofensiva o defensiva, con las repúblicas hispanoamericanas. La Asamblea del Istmo contaba con otros dos espectadores, con carácter diplomático; y aun esta irrisoria moción fue aprobada con la insignificante mayoría de dos votos. Y mientras tanto, la Comisión del Senado, encargada de estudiar este asunto, adoptó por unanimidad la doctrina intervencionista, como derecho indisputable de la República modelo sobre sus hermanas menores, inhábiles aún para regirse por sí mismas. Y los dueños de esclavos, o especuladores con la importación de ébano viviente, pusieron el grito en las nubes contra Bolívar y sus delirios.



  Norte América ha concebido a su modo el derecho de conquista, y modificado los procedimientos para establecer y cimentar su dominación sobre los pueblos conquistados. No se aviene con la ruptura violenta, con la guerra franca y devastadora desde los comienzos (…) Los medios preferidos por este temible conquistador no son, pues, ni sus numerosos ejércitos, ni sus formidables escuadras, elementos de muerte y destrucción que suelen ostentar ad terrorem, y reserva para cuando llegue el imprescindible caso de apoyar con el cañón su artera política, de reforzar con la espada las mallas de oro en que envuelve a los países conquistables. La vanguardia yanqui es el Dólar, en sus múltiples fases, en sus infinitas combinaciones, en sus diversas formas de lazo aleve, hipócrita y certero, tendido hábilmente alrededor de las codiciadas víctimas. Y los zapadores al servicio del Dólar, son las Misiones financieras, sapientes grupos de malabaristas que les ofrecen maravillas y prodigios a las indoctas multitudes; son los Expertos en bancos y aduanas, los Controladores y Asesores técnicos que los imbéciles y ciegos yanquizantes alquilan y pagan espléndidamente para que esclavicen su país; son los Prestamistas filántropos que entregan sus millones a gobiernos hambreados o ladrones, sobre la inapreciable prenda de la independencia nacional; son los Contratistas de obras públicas, las Compañías mineras, agrícolas, comerciales e industriales, implantadas en el país, las que, según el programa de conquista, crean esos intereses americanos que la Casa Blanca tiene el deber de proteger con la fuerza, sojuzgando a la nación en que han echado raíces. Esto lo afirma unánimemente la prensa latinoamericana, y lo corroboran los estadistas de nuestros países.

  ¡Ay del pueblo que recibe a estos precursores de la esclavitud! La charlatanería científico–económica engaña a las mayorías ansiosas de bienestar y progreso; los grandes empréstitos y los negocios colosales fascinan y cautivan a los más listos; el brillo del oro ciega, maniata y embriaga por completo a las muchedumbres. El conquistador no descansa: mientras ese pueblo goza de las delicias de un paraíso artificial; mientras sueña encontrarse en el seno de la abundancia, rodeado de tesoros incalculables y ante un porvenir brillantísimo, la política yanqui transforma el dólar en grillete; y la víctima de tan hábil felonía aumenta el número de los siervos de la Gran República. Un gobierno incauto, cuando menos lo piensa, resulta deudor de sumas enormes, y toca en la incapacidad de satisfacer ni los intereses de su fabuloso crédito; y, como deudor insolvente se convierte en esclavo mudo y ciego de su adusto y exigente acreedor. Los financistas alquilados, los asesores técnicos, han hecho estudios minuciosos de las riquezas del país, de los elementos de vida e índole del pueblo; se han apoderado insensiblemente de las fuentes de recursos fiscales, conocen su movimiento y secretos; en una palabra, tienen en sus manos todos los resortes de conquista necesarios, sin que los hacendistas criollos se hubiesen dado cuenta de ello. Los prestamistas y empresarios, por su parte, cumplen los números del programa que les atañen: monopolizan gradualmente el comercio y las industrias, sin dejar al país ningún beneficio positivo, puesto que aun los brazos para la explotación, los capataces, los empleados de oficina, los víveres para alimentarlos, las telas para vestirlos, etc., son importados.

  Ese pueblo sin ventura, al que hábil, científica y paulatinamente se le ha privado de todo vigor, de todo elemento de vida, de toda independencia en el manejo de sus intereses, cae a la postre en franco tutelaje. La Gran República termina por declararlo incapaz de gobernarse por sí mismo; la prensa estadounidense lo desacredita, pintándolo como inepto y bárbaro, revolucionario y bolchevique, dilapidador y vicioso, en fin, como un peligro para la paz, armonía y civilización de América. La República Modelo, no puede ser indiferente a tamaña degeneración; y, en interés de la Humanidad, asume el tutelaje de ese pueblo salvaje, y se encarga de educarlo hasta su mayor edad, hasta que se haga digno de la libertad y la emancipación completa. La administración de los bienes del pupilo es lo principal de tan penoso cargo, siendo lo notable que la tutela debe prolongarse tanto más, cuanta mayor sea la riqueza del pueblo sometida a ella…

  Los estadistas yanquis llaman a este paternal cuidado, Mandato Económico; teoría en pugna abierta con el obvio y natural concepto jurídico del contrato de procuración. Porque ¿dónde está el pacto, quién le confiere a este oficioso procurador los poderes necesarios para ejercer su cargo? ¿Qué es lo que constituye, o se hace equivaler al acto mismo de encargarle a Norteamérica, la gestión de los negocios de Haití o Santo Domingo, por ejemplo? ¿Y cómo es posible que un incapaz para valerse por si propio, pueda celebrar contratos y conferir mandatos? ¿Son expresos, son tácitos estos actos jurídicos? ¿Puede una nación, por débil, por pequeña que sea, ejercer su soberanía por medio de una potencia extraña, como mandataria?

  La fuerza prima; la fuerza constituye derecho; y el pretendido Mandato, unilateral, impuesto por el poderoso tácitamente, usurpación hipócrita de los bienes del débil, del inerme, del indefenso, es la negación de todo principio jurídico, de toda moral internacional y privada.

  Minas y bosques, petróleos y empresas eléctricas, fábricas y manufacturas, ferrocarriles y muelles, obras fiscales y municipales, todo es suyo, todo está en sus manos, sin reclamo posible, sin remuneración alguna, sin esperanza de reivindicaciones futuras. ¿Acaso no es un país conquistado por el omnipotente Dólar, y en actual ignominiosa tutela? ¿Acaso no es una nación deudora, que dio en prenda su soberanía, para obtener los enormes préstamos que ha consumido, y que le es imposible cancelar ahora? Y no es esto sólo: el inmisericorde, el legendario Shylock,[5] le cortará al moroso deudor, retazos de carne viva, palpitante; es decir, le cercenará el territorio: islas, puertos, fajas de tierra para canales, concesiones para colonización, anexiones, todo lo que codicie, bajo el pretexto de amortizar así, por lo menos en parte, la deuda nacional.

  No hay pueblo de la América latina que no haya recibido siquiera un picotazo del Águila (…) El pretexto para intervenir en los negocios internos de nuestras pequeñas democracias, es su frecuente estado de guerra civil; (…) quiere pueblos mansos y humildes, mudos y resignados con la paz impuesta a golpes de rebenque, paz que no es sino la inmovilidad y el silencio de los cementerios. (…) Cuando la Gran República interviene en los asuntos domésticos de un pueblo, no es, como pregona, por americanismo y amor a la paz, sino en busca de oportunidades para sus negocios; y cuando cree haber adquirido un derecho, lo declara imprescriptible, sagrado, intocable, so pena de muerte. 


  Bolívar –lo repetiré– previó la fatal intervención de los Estados Unidos en la vida de los pueblos latinoamericanos; lo expresó con amargura, y no cesó de aconsejar la unión de todas las jóvenes repúblicas, para que pudieran defender su independencia. Cuando el Libertador se sintió herido de muerte por la ingratitud de los hombres, más que por los males físicos; cuando abandonado y proscrito, lo envolvía ya la penumbra del sepulcro, habló todavía a los pueblos libertados por su brazo; y el postrer, el supremo consejo del Genio de América, fue la unión, a fin de que fueran fuertes, libres y felices, las naciones que le debían la vida. El estrechamiento de vínculos internacionales, la solidaridad de intereses, el apoyo recíproco, la confraternidad y armonía de los Estados iberoamericanos, fueron para Bolívar, la clave de su libertad e independencia, la condición de su prosperidad y grandeza. La Circular a las Potencias Americanas, de 7 de diciembre de 1824, revela toda la visión profética, toda la sabiduría política, todo el vehemente anhelo por la perpetuidad de la autonomía de cada república, y del imperio de la justicia, la libertad y el derecho, que en el alma grandiosa del Libertador cabían. Por desgracia no fue comprendido…
  Pero aun no es tarde: es urgente salvarnos; y la salvación está en mancomunar nuestra suerte, en unirnos sinceramente con el fin de prestarnos mutua ayuda, para una defensa eficaz y justa contra el imperialismo que nos amenaza. Tomen la iniciativa los más fuertes: el Brasil y la Argentina, Méjico y Chile; y todos los demás pueblos hispanoamericanos concurrirán solícitos a sentar las bases de un acuerdo solemne que afiance la paz y la concordia en el Continente, por medio del respeto a la soberanía de todos y cada uno de los Estados que lo componen. Unirse o perecer, es el fatal dilema; porque el Coloso nos aplastará uno a uno, ante los restantes, amedrentados con el desastre de las primeras víctimas.


[1] Fragmentos tomados de La esclavitud de la América Latina, escrito en 1927 por José Peralta, uno de los máximos líderes de la Revolución Liberal Ecuatoriana (1895-1912). Casi un siglo después, su pensamiento sigue vigente.
[2] Trigésimo presidente yanqui (1924-1929) que en su discurso pronunciado el treinta de mayo de 1927 en el famoso banquete de la United Press, manifiesta lo citado.
[3] Ese postulado fundamental de la integración latinoamericana planteada por Bolívar, es rescatada por todos los luchadores antiimperialistas latinoamericanos.
[4] Se refiere al célebre Congreso Anfictiónico convocado por Bolívar el 7 de diciembre de 1824 a los pueblos liberados del colonialismo español, reunido el 22 de junio de 1826 en Panamá. 
[5] Personaje central de El mercader de Venecia de Shakespeare, prototipo del prestamista cruel y avaricioso.

domingo, 31 de diciembre de 2017

José Peralta, El régimen liberal y el régimen conservador juzgados por sus obras. Versión digital


José Peralta, El régimen liberal y el régimen conservador juzgados por sus obras, Tip. de la Escuela de Artes y Oficios, Quito, 1911.

(Tomado del repositorio digital de la Biblioteca de la Casa de la Cultura Ecuatoriana)


Portada del libro




viernes, 23 de junio de 2017

La grandeza humana de Eloy Alfaro

Homenaje a Eloy Alfaro en el 175 aniversario de su natalicio



ELOY ALFARO[1]

Mártir del deber por la prosperidad y ventura de los pueblos


  Peregrino de la libertad, recorrió la América  implorando adhesión y apoyo a la causa santa que defendía: vencido aquí, triunfante allá, su vida no fue sino un tejido de dolores y esperanzas, de sacrificios y heroicidades, de épicos esfuerzos y sangrientos desastres, sin que jamás el desaliento penetrara en aquel corazón de diamantes… El peligro lo  engrandecía  y la lucha centuplicaba sus fuerzas de gigante.


José Peralta





I

No conocía personalmente al general Alfaro, si bien nuestras relaciones políticas eran antiguas; pero en la Puná recibí un afectuoso saludo de su parte, en contestación a un telegrama que el comandante Serrano le dirigiera, a­nunciándole nuestro viaje. Apenas atracó nuestro vaporcito a un muelle de Gua­yaquil, recibí un abrazo de Ullauri y otros cuencanos que estaban en dicho puerto; y por ellos supe del mal sesgo que la triunfante revolución tomaba, respecto de reformas sociales. Alfaro no conoce ni al país ni a sus  hombres  ‒me dijo Ullauri‒ y está rodeado de gentes adversas al radicalismo, o que sólo piensan sostenerse en el poder por medio de componendas con el bando caído.

Un edecán del Jefe Supremo cortó las confidencias de Ullauri: dióme la bienvenida, de parte del general Alfaro, y me invitó a pasar inmediatamente a palacio, donde se me aguardaba. Apenas me tomé el tiempo indispensable para cambiar de vestido, y fui a ver, por primera vez, al infatigable y heroico campeón del liberalismo, al hombre que había consagrado toda su vida y sacri­ficado su fortuna a la redención del pueblo ecuatoriano.

Recibióme cordialmente, y manifestó extrañeza de que fuese aún joven, pues me había creído de mayor edad, a juzgar por mis escritos. Departimos unos momentos sobre la situación de las provincias del Sur y la necesidad que tenían de auxilios inmediatos para libertarse de sus opresores; y tuve la satis­fac­ción de conocer el entusiasmo con que el Jefe Supremo acogía mi solicitud, juzgándola urgente y de suma utilidad para el afianzamiento del partido liberal en toda la república.

Despedíme lleno de esperanzas, después de haber sido invitado para la comida por la noche, con cuya oportunidad me presentaría el Jefe Supremo al general Vernaza, quien se encargaría de la inmediata organización de las fuer­zas expedicionarias al Azuay.

Alfaro estaba en toda la fuerza de la vida; los treinta años de pros­­cripción  y lucha por la libertad, no habían hecho mella alguna en esa natura­leza formada para las fatigas de la guerra y las amarguras de la política; y al verlo se comprendía la facilidad con que había ejecutado esos actos casi inverosímiles que de él se referían, y ante los que hubieran sucumbido las fuerzas morales y la resistencia física de otros hombres.

De inteligencia clara y juicio práctico, miraba las cuestiones con sere­nidad y en todos sus aspectos; y rara vez dejaba de ser recto y seguro su golpe de vista, aun en las más difíciles complicaciones de la vida pública. De alma retemplada e inquebrantable, ninguna situación, por desesperada que pare­ciese, lo desalentaba ni abatía: rugir podían sobre él todas las tempestades, sin que ese corazón fundido en acero, se conmoviera, ni menos diera entrada ni a un átomo de vacilación o cobardía. El valor, rayano en temeridad, era uno de los defectos capitales de Alfaro: todos sus desastres los debió a esa ciega co­nfianza en sus propias fuerzas, a esa falta de saludable prudencia ante in­vencibles dificultades; y se arrojó muchas veces a empresas tan audaces, que no pudo menos de cosechar fracasos lamentables, catástrofes altamente perjudi­ciales a la misma causa que el temerario Campeón defendía. Para Alfaro no había obstáculos irremovibles: el valor y energía pesaban mucho, muchísimo, en la balanza de los sucesos, según su concepto; y la suerte de las naciones de­pendía, no sólo de la rectitud de quienes las dirigían, sino de la firmeza y constancia empleadas en pulverizar toda rémora, de cualquier naturaleza, que se opusiera al avance de la civilización y el progreso. Contradecirle en sus planes, era casi siempre infundirle la resolución de ejecutarlos con premura: cuando aceptaba observaciones en contra, era porque el mismo abrigaba dudas acerca de la conveniencia o eficacia del proyecto discutido. Hacerle cambiar de opinión, sobre todo en asuntos militares, era obra de tino y habilidad; pero cuando las objeciones así presentadas, eran claras y firmes, se daba a partido y acogía el parecer de sus amigos.

No era grande la ilustración de Alfaro, pero conocía la Historia, la Filosofía moderna, las ciencias jurídicas, etc., y manejaba la pluma, si no con el primor de un literato profesional, con sencillez y pureza admirables, dado el poco ejercicio que había tenido en esta clase de labores. Todo lo escribía de su mano, a lápiz y en pequeñas cuartillas numeradas; y, apenas terminado el trabajo, congregaba a sus amigos para que lo leyeran e hiciesen las indicaciones convenientes. Enseguida entregaba las cuartillas a uno de los ministros, diciéndoles siempre: “Ponga Ud. todo esto en castellano”... Mensa­jes, proclamas, decretos, todo lo que Alfaro suscribió en su larga vida públi­ca, fue obra suya; salvo ciertos indispensables retoques y correcciones debidos a sus Secretarios, únicamente en lo que miraba a la forma del documento.

En lo que sobresalía Alfaro era en sus virtudes y alteza moral: ese cuerpo pequeño, tan distante de la procerosa estatura de los héroes, abrigaba un alma regia, un espíritu de verdadero gigante, inaccesible a las villanías y bajezas que constituyen la degeneración y raquitismo psicológico en nuestra especie. Su grandeza de alma excluía todo rencor y venganza contra el enemigo: el olvido de la injuria, el perdón de los errores, la clemencia para el ven­cido, los brazos abiertos para el que se arrepentía, la tolerancia y la mise­ricordia para todos, eran actos diarios, hechos que Alfaro repetía por cos­tumbre y sin darles valor ni importancia. El desinterés llevado al último ex­tremo, hacíale mirar el dinero con la mayor indiferencia; y se complacía en distribu­irlo entre los pobres y los desheredados, entre todos los que a él acudían en demanda de un socorro. Puro en el manejo de las rentas públicas, la pobreza en que murió, y el estado precario de su familia, son el más elocuente mentís a la procacidad de los que han pretendido echar sombras sobre su probi­dad sin ejemplo.

Leal y caballero, jamás se manchó con la mentira ni el disimulo: presen­tábase siempre sin doblez ni ocultas miras; y cuando hablaba, había que darle crédito, porque odiaba la falsía; cuando estrechaba la mano de una persona, era muestra sincera de amistad y aprecio, porque era enemigo de hipócritas y felo­nes, condenador implacable de intrigas y acechanzas canallescas. La auster­idad de su vida privada tocaba en el ascetismo; y ni sus más desafora­dos calumnia­dores han podido ponerle ni un lunar a la historia íntima del Caudillo del radicalismo ecuatoriano.

He ahí al hombre que ‒impuesto por el pueblo, y a pesar de las ges­tiones de muchos políticos guayaquileños en contrario‒ estaba al frente del movi­mien­to regenerador del país; pero iba a topar con la dificultad  de no conocer bien a los hombres que le rodeaban, de los que algunos, la víspera misma de su elevación al poder, habíanse contado entre sus enemigos más pertinaces y for­midables. La propia lealtad y franqueza que formaban el fondo del carácter del Jefe Supremo, su buena fe y confianza proverbiales, venían a ser una firme base de operaciones para intrigantes, ambiciosos y acaso traidores; y era muy fundado el temor de que la revolución radical naufragara en los escollos que esos malos elementos de la nueva política habían de levantar por todas partes. Pero fiábamos, por otro lado, en la firmeza y perspicacia del Caudillo, en la decisión del pueblo guayaquileño por las reformas liberales, y en las energías de los centros del radicalismo que combatirían con tesón y denuedo a un statu quo político, y a toda tendencia de regresión al pasado.

Jamás ningún gobierno se ha visto rodeado de tantos peligros como el del General Alfaro, en aquellos luctuosos tiempos. El horizonte se nos presentaba lóbrego y tempestuoso por todas partes; y el toque de somatén conmovía las ciudades y las más humildes aldeas, convirtiendo en mortales enemigos a todos los pobladores de la sierra, y aun a buena parte de los mismos habitantes de las costas donde había surgido la regeneradora Revolución de Junio. Empero, Alfaro no era para intimidarse ante la amenaza de aquella formidable tempes­tad: lejos de ello, el peligro lo engrandecía y la lucha centuplicaba sus fuerzas de gigante; y nunca lo vi ni más sereno ni más confiado en la victo­ria, que en los días precisamente, en que era de esperarse un derrumbamiento próximo de su poder. Alfaro tenía un alma superior e inaccesible a las vacilaciones e incertidumbres que engendra el miedo: acometía al peligro con de­nuedo y en derechura; y casi siempre conseguía dominar rápidamente la situa­ción más difícil y escabrosa. Sólo Alfaro pudo apagar la espantosa conflagra­ción, preparada por el clericalismo; y esto, sin irse a los extremos, sin imitar ninguno de los bárbaros procedimientos de Caamaño, García Moreno y Juan José Flores; sin levantar el patíbulo ni echar mano del tormento, antes bien, con el perdón a los vencidos, con la tolerancia a los eclesiásticos más revoltosos, con la generosidad aun para los enganchados colombianos, a quienes hacía alimentar y vestir para que se volviesen a su país. Alfaro será siempre un timbre de gloria para el Ecuador, por sus altas prendas cívicas y milita­res, por su nobleza y magnanimidad, por su respeto a la justicia y a los fueros humanos: pasará muy pronto el torrente de odios y prejuicios que ha intentado manchar y sepultar su memoria; y la rectitud de la historia lo recomendará a la admiración y al aplauso de las generaciones futuras.


  
Alfaro no tuvo un momento de reposo: apenas apagaba un incendio, ya las cenizas chisporroteaban al menor soplo; apenas cesaba el fragor del cañón, ya los ecos del arma fratricida se repercutían por las fragosidades de la sierra y alarmaban de nuevo la república. Cuando más se afirmaba que estaban ya fene­cidos los odios de bandería, encruelecidos con las derrotas, aguzaban el hierro en el silencio y en la sombra; y buscando nuevo apoyo allende las fronteras, para tornar a la guerra, terrible, asoladora, sin cuartel, como antes; para poder “pasear el patíbulo del uno al otro confín de la república lavando con sangre las manchas impresas por el liberalismo”, como escribía uno de los corifeos de tan impía cruzada.

Apenas se disparó el último tiro, Alfaro puso la mano en el perfec­cionamiento de su obra política; pero, ya era demasiado tarde: tuvo que resignar el poder, dando ejemplo de respeto a los preceptos constitucionales. Y no vio llenado por completo, el anhelo de toda su vida: la consolidación firme e inamovible de la verdadera democracia, sobre la tolerancia más amplia y la más irrestricta libertad, al amparo de la ley y la justicia, únicas soberanas de la república. Alfaro quería hacer mucho bien a su patria; pero la tenaz y sangrienta guerra que le movió el tradicionalismo, dejó sin efecto ese cúmulo de grandiosos y patrióticos proyectos. El ciego furor de los tradicio­nalistas fue la causa única de mal tan grande…

II


Se ha repetido insistentemente por la prensa conservadora y en la placista, que el general Alfaro fue un revolucionario incorregible, luchador de profesión, ambicioso tenaz, enemigo del orden, etc.; pero nada más falso, nada más infundado que este grave cargo que el odio político aduce todavía contra el fundador del radicalismo ecuatoriano. Cierto es que luchó sin tregua ni descanso, durante treinta largos años contra la teocracia que oprimía a su patria; cierto es que consumió su fortuna y su vida por extirpar el despotismo conservador que nos había convertido en rebaño de siervos, degradados y sumisos; cierto es que consagró todas sus energías a fundar en el Ecuador una democracia práctica, a elevar a la nación a las alturas de la libertad y el progreso modernos; pero tan gigantesca y patriótica labor, lejos de confirmar el calumnioso cargo mencionado, lo confuta y destruye. En efecto, no puede haber orden sin libertad y justicia, no puede haber paz sin el irrestricto imperio de las leyes y el derecho; y esto es precisamente lo que anhelaba el general Alfaro, esto lo que buscaba a través de sus fatigas y sacrificios, en aquella prolongadísima campaña contra el despotismo. Buscaba la paz y el orden y la paz dignos de un pueblo libre y conforme a la civilización del siglo.

Nadie acaso como yo, puede testificar el horror que Alfaro tenía a las revoluciones, puesto que fui depositario de sus importantes secretos, relati­vos a subvertir el orden, durante el gobierno del general Plaza. Muchas veces tuvimos todo preparado y a punto para derrocar al ingrato; muchas veces llegamos a contar aun con buena parte de la fuerza armada que no dejaba de querer y venerar al Viejo Jefe que había creado el ejército; pero todas nuestras gestiones venían a escollar siempre en la porfiada negativa de Alfaro, en su firme propósito de no librar jamás la suerte del país al azar de las armas, en una contienda civil, por justa que pareciese.

Eloy Alfaro y José Peralta a su izquierda en una demostración militar, 1900.

Haré notar aquí, que ni un momento, en su larga vida política, abandonó Alfaro la idea de que moriría asesinado: era en él, no sólo un presentimiento, sino la convicción profunda de que la misión que se había impuesto, no podía tener otra terminación que el martirio; por lo mismo que para realizar sus ideales patrióticos, había de herir, tanto los arraigados intereses de los antiguos dominadores del pueblo, con las concupiscencias de los ambiciosos que se apresurarían a querer recoger el fruto de las victorias del radicalismo e imponerle nuevas cadenas a la república. Varias ocasiones intenté combatir esta que yo llamaba preocupación; pero en vano. Vile al Viejo plenamente convencido de su destino, contemplarlo como si lo tuviera ya delante, con serenidad y aun pudiera decir con satisfacción, cual si fuera el premio único que aguardaba, y que habían de discernirle sus propios enemigos; ¡los que, creyendo vengarse, le abrirían las puertas de la inmortalidad!

Cuando se halló casi agonizante con su afección cardiaca en 1909, sin duda comprendiendo mis temores de un próximo y fatal desenlace, díjome sonriendo tristemente:

 ‒Amigo mío, no se aflija Ud.: aún no ha llegado la hora, y esto pasará. Y luego, bajando la voz agregó: ¡Yo moriré asesinado!...

Esta clara visión de su porvenir lo presentaba inconmovible y sereno a todas las mudanzas de la fortuna, y hacíalo superior aun a los achaques de su envejecida naturaleza. Esa alma vigorosa y convencida de su misión, con­templaba los mayores peligros sin alterarse; y no tenía más mira ni otro móvil en sus actos, que el cumplimiento del deber que sobre ella pesaba, en orden a la suerte y progreso de la patria. Si Alfaro, al principio de su carrera política, tuvo nobles ambiciones, anhelos de gloria, de aplauso popular, de mando y poder, en los últimos años de su vida aun esos sentimientos habían ya enmudecido. Para él no había ya otro deseo que seguir adelante en su camino, laborando preferentemente por el bien común y la felicidad ecuatoriana, con la fe firme de que al término de su redentora misión, toparía indefectiblemente con la cruz, que le estaba reservada; pero también lleno de esperanza en que la posteridad le haría justicia y lo contaría entre los grandes mártires del deber, entre las nobles almas que voluntariamente se ofrecen como sacrificio para la prosperidad y ventura de los pueblos.

González Suárez ha dicho que Alfaro tenía ribetes de grande hombre; y yo afirmo que la naturaleza le había dotado de tan extraordinarias prendas, que en un teatro más vasto se habría elevado a inconmensurable altura. Alfaro, en su cuerpo desmedrado y pequeño, encerraba un alma de gigante; alma de héroe y tratadista de visión luminosa; alma cuyos quilates sólo podrá apreciar la posteridad, libre ya de los prejui­cios y pasiones del presente.
            
Alfaro no era católico: alma elevada y enérgica, ilustrada e indepen­diente, estaba muy por encima de esas creencias inventadas por el sacerdocio; de esos dogmas incompatibles con la razón, y de los que ni la teología que los creó, puede darse cabal idea; en fin, de ese aglomeramiento de supersticiones y vanas prácticas que componen el fondo y el ropaje de las religiones que decimos positivas. Alfaro era superior a todo esto; pero no he conocido otro más profundo y sinceramente religioso.
        
Para Alfaro, Dios se mostraba luminoso y visible en todo el universo: ¿cómo podían dejar de verlo y conocerlo unos seres dotados de razón y sen­timiento, que constituyen los más perfectos órganos de visión para el espíri­tu? La acción providencial de igual manera: él veíala extenderse munífica y acuciosa a las menores palpitaciones de la vida, a la más insignificante transformación de los fieles, a los más imperceptibles cambios de la naturale­za: ¿quién no contempla, quién no siente, quién no admira estos paternales cuidados del bondadoso Creador de las cosas? Ciegos o criminales los que niegan la providencia, sin cuyo sostén desplomaríase la creación en un instante y se restauraría el imperio del caos.
        
De esta firme creencia deducía la necesidad de reconocer y venerar a la Divinidad, tributándole homenaje perpetuo, ora de nuestra gratitud en la prosperidad, ora de humilde resignación en la desgracia; sentimientos que debían nacer del amor y expresarse siempre por un acto de ardiente adoración al Ser Infinito, de cuyas manos lo recibimos todo.
            
Dios, como Padre común, ha establecido la ley de fraternidad y solidari­dad entre los hombres y, de consiguiente, el respeto recíproco a todo derecho, la sumisión a toda justicia, la compasión a todo padecimiento, la indulgencia a toda flaqueza, el perdón a toda injuria, el socorro y la caridad a todas las necesida­des. He ahí el código moral divino, inalterable, universal, eterno, para la familia humana, y cuyo quebrantamiento produce esos desequilibrios que llamamos vicios, delitos y crímenes que, a su vez, engendran las desventuras privadas y públicas que tan frecuentemente lamentamos.

El hombre no muere totalmente: su envoltura natural se deshace, ya cumplida la misión de cada uno sobre la tierra, pero el alma sobrevive y es responsable de sus actos ante la Justicia infinita que jamás falta ni se engaña.

Jesús fue verdaderamente el redentor del humano linaje: el Evangelio, la luz y la vida, la fuente de la libertad y la civilización del mundo; pero la teología y la ambición sacerdotal tomaron otro camino diametralmente opuesto al del Mesías, hasta extraviar y falsificar el cristianismo...

He aquí la filosofía religiosa y moral de Alfaro, tal cual pude conocer­la en varias íntimas conversaciones sobre la materia; y a estos principios arreglaba todos sus actos con un fervor y disciplina de verdadero creyente. Tenía mucho de ese fatalismo teológico que todo lo hace depender de la voluntad divina; y tan persuadido de su misión que se abandonaba en manos de la providencia, si bien nunca dejó de poner todos los medios necesarios a la consecución del fin que esperaba confiado.

III

Llevando en el alma, a modo de fuego inextinguible y sacro de las vestales, un amor sin límites a su patria y la fe más inquebrantable en su misión libertadora, lanzóse a la ardua labor de redimir a un pueblo; y luchó sin tregua ni descanso durante toda su larga existencia, para realizar sus patrióticos y humanitarios votos. Peregrino de la libertad, recorrió la América implorando adhesión y apoyo  a la causa santa que defendía: vencido aquí, triunfante allá, su vida no fue sino un tejido de dolores y esperanzas, de sacrificios y heroicidades, de épicos esfuerzos y sangrientos desastres, sin que jamás el desaliento penetrara en aquel corazón de diamantes. Para el impertérrito y convencido varón, la misma gloriosa derrota de Jaramijó no fue sino la aurora del triunfo, el vaticinio más seguro de la libertad de la patria.
       
Y venció en la desigual y sangrienta lucha; la constancia y el valor heroico, la convicción y el patriotismo del caudillo ahogaron la tiranía y la hierocracia, y surgió el Ecuador a la vida de la luz y de la libertad verdadera. Moribundo el monstruo, acometió todavía a su vencedor en múltiples y cruentas convulsiones que sembraron de ruinas y escombros nuestro suelo; mas fueron vanos todos sus furores ante la invencible energía de Alfaro, y la regeneración ecuatoriana siguió su camino triunfal, con aplauso de todas las naciones de América.
        
Dedicóse Alfaro a la reforma de las instituciones y a promover el progreso de su país, después de haber combatido con la espada a los mantenedores de prejuicios y preocupaciones, de tiranías y tradicionalismos afrentadores de la humanidad; y en tan difícil labor manifestó el mismo constante ardimiento, la misma intrepidez incontrastable, la misma fe creadora que cuando cruzaba los mares y las montañas, seguido de sus valientes camaradas, en demanda de la muerte o de la libertad de sus hermanos.
         
Y las leyes ecuatorianas consagraron la libertad de conciencia y de cultos, del pensamiento y de la enseñanza, de la prensa y de la palabra; las leyes ecuatorianas colocaron el matrimonio bajo su protección directa, como que es el fundamento y la base de la sociedad; las leyes ecuatorianas proscribieron el fanatismo y la superstición, las penas inquisitoriales y el verdugo; las leyes ecuatorianas reprimieron el poder eclesiástico y la envenenadora acción del monaquismo; las leyes ecuatorianas proclamaron la  inviolabilidad de la vida y el hogar; en una palabra, despedazaron todos esos hierros con que el interés hierático y la ambición de los déspotas habían maniatado el alma del pueblo ecuatoriano.
         
Alfaro vio que para cimentar su obra era menester difundir las luces, y multiplicó las escuelas y los colegios, los planteles de artes liberales y de oficios mecánicos, dándoles el sello de establecimientos laicos y libres de toda influencia deletérea. Vio que era menester crear maestros para el día de mañana, propagadores de las nuevas ideas, que en lo sucesivo habrían de regenerar y redimir a la muchedumbre, y fundó las escuelas normales y mandó centenares de jóvenes a Europa y Norte América para que adquiriesen conocimientos en todos los ramos del saber humano. Alfaro no limitaba sus afanes al presente: preparaba también trabajadores y apóstoles para el porvenir.
    
En el orden material, realizó lo que sus antecesores habían tenido por imposible. Unió, mediante el ferrocarril más atrevido de América, la capital con la costa; principió otros ferrocarriles destinados a llevar la prosperidad a regiones abandonadas; abrió caminos y embelleció ciudades; construyó palacios y fomentó las industrias y el comercio; cuadruplicó las rentas públicas y restableció el crédito; en fin, sentó las bases de un futuro de prosperidad y de grandeza envidiables para la república.
       
Generoso y magnánimo, tuvo muchas veces en sus manos a sus peores enemigos y su venganza única fue el perdón y el olvido. Tomó ciudades rebeldes a sangre y fuego; y en el instante mismo proclamó siempre la amnistía más amplia, la protección más decidida a la vida y los bienes de los rebeldes. El rencor jamás anidó en su noble pecho; nunca la venganza y la crueldad mancharon sus triunfos. Multitudes de prisioneros tuvo, después de sangrientas batallas en que había perdido amigos, y sin embargo, siempre compasivo y noble, distribuía dinero y vestidos a sus adversarios de la víspera y les ponía en completa libertad.
   
En su vida privada, ejemplo de virtudes y de hidalgo comportamiento; en la vida pública, modesto a pesar de su gloria, magistrado sin tacha y modelo de buenos ciudadanos: ese era Eloy Alfaro.

Con sus hijas e hijos: América, Colón Eloy, Esmeralda, Olmedo, Colombia y su esposa Ana Paredes.

         
Pero el rencor de los fanatismos y de las tiranías es inmortal: no perdona jamás al que ha tenido la osadía de herirlos. Alfaro,  invencible con la espada en la diestra, fue sin cesar combatido por la calumnia y el dicterio, por la difamación soez y el insulto villano; la traición y la envidia se aliaron para abrir abismos a los pies del Reformador; el odio hierático ardía como incendio entre las inflamables turbas, y las ambiciones más rastreras soplaban a la continua en aquel fuego preparado para devorar al vencedor de la teocracia. –Me asesinarán –me dijo varias veces‒ ¡pero mi sangre los ahogará y cimentará el liberalismo!

Toda misión redentora es predestinación al martirio; y Alfaro se veía desde mucho antes dentro de esa como penumbra que  proyectan siempre los pensamientos funestos. 

A Eloy Alfaro le faltaba también el martirio; su misión habría carecido del sello grandioso sin el trágico fin de todos los benefactores del linaje humano. Grande por sus hechos y servicios a la patria, grande por sus virtudes personales, necesitaba el pedestal de los grandes hombres, sobre el que se yerguen y dejan admirar de todas las posteriores generaciones. Alfaro, sin el horroroso martirio del 28 de Enero de 1912, acaso se habría confundido con otras celebridades nuestras que, a pesar de sus méritos no han conseguido conquistarse la primera fila en la historia de su país; pero los mismos que ansiaban exterminar y anonadar al Reformador y al Héroe, los mismos que profanaron su cadáver y lo redujeron a cenizas, han contribuido eficazmente a la inmortalidad del Fundador del Liberalismo ecuatoriano. Ellos, son los obreros providenciales que han colocado la piedra angular sobre la que no muy tarde se elevarán los monumentos consagrados por la gratitud nacional a la memoria del mártir. Ellos, ellos los que, lejos de haber logrado borrar con su sangre y horrores el nombre ilustre de Eloy Alfaro, lo han grabado en páginas más duraderas que el mármol y el bronce; pues crimen tan enorme ha conmocionado a todas las naciones y hecho que la fama pregonara de confín a confín, los merecimientos y virtudes de la víctima. La maldición universal contra los asesinos es la primera nota del himno perenne que ella entona en loor de sus mártires; y esta misma fúnebre reunión de personalidades tan escogidas, está probando que el duelo por la muerte de Alfaro traspasaba los límites de su patria y halla eco y condolencia en todas las naciones civilizadas y libres. Sí, mis sentimientos no me ciegan; la América latina está de pésame, porque Eloy Alfaro llevaba dentro de sí toda la grandeza de los ideales latinoamericanos, todas las aspiraciones  de este Continente, para quien está ya brillando la aurora de un porvenir de opulencia y primacía. 

Alfaro nos dejó un país floreciente y próspero, en que el trabajo contaba con segura protección, la industria con estímulos, el proletario con fraternidad y apoyo; un país que desenvolvía rápidamente sus energías, mostraba al mundo sus ingentes y naturales riquezas aún no explotadas, abría caminos que facilitaran y extendieran su comercio y el beneficio de nuestros fertilísimos campos, de las minas  y bosques con que pródiga la naturaleza ha dotado a las comarcas ecuatorianas; un país, en fin, que había entrado de lleno en las vías del progreso y avanzaba a largos pasos anhelando ponerse al nivel de las naciones vecinas, más adelantadas y felices. 

Alfaro nos dejó una Nación altiva y pundonorosa, cuyo patriotismo y valor había puesto a raya la ambición de sus vecinos; Nación que en 1910 se puso en pie, como un solo hombre, para defender  la integridad del territorio y el honor de la bandera, resuelta a derramar la última gota de su sangre en tan justa como necesaria contienda. Alfaro salvó a la República de aquel peligro, cuando estaba a punto de perder el territorio amazónico, a causa de un fallo arbitral reñido con la justicia. Sin la enérgica actitud del Caudillo liberal, sin su ardiente patriotismo e indomable valor, sin esa fe incontrastable en el buen éxito con que procedía en todas sus más difíciles empresas, sin esa tenacidad heroica que sólo él poseía, el Ecuador sería hoy la Suiza de la América, como el Ministro de Estado español quería que fuese; y la Historia no registraría los gloriosos rasgos que caracterizaron entonces a nuestro pueblo, quien supo colocarse a la altura de los más patriotas y abnegados del mundo. Alfaro fue el que puso término decoroso al inexplicable tratado EspinosaBonifaz; y sentó definitivamente la doctrina de que no es materia de arbitraje la soberanía sobre territorios necesarios para la vida y desarrollo de la República. Alfaro fue quien declaró a las potencias mediadoras que,  en ningún caso y bajo ningún pretexto, podía el Ecuador ceder ni un palmo de su territorio a nadie; y que ni las más poderosas naciones podían intervenir en nuestras controversias sobre límites, menos imponernos la manera de solucionarlas. Y hoy vemos con amargura y despecho cercenado en demasía territorio de la patria, con el especioso argumento de la necesidad de cimentar la paz y la armonía con nuestro antiguo aliado del Norte, al que no se le desligó, en consecuencia, de la defensa conjunta, a que estaba obligado, no sólo por el interés común, sino también por pactos expresos. 

La hora de la justicia ha llegado; pero, lo repetimos, no basta glorificar al Regenerador ecuatoriano, dedicándole monumentos y entonando himnos a su memoria; sino que es preciso cumplir sus patrióticos anhelos, llenar en lo posible su vasto y grandioso programa político y administrativo, como condición de progreso, libertad y ventura para el pueblo; continuar su labor civilizadora sin detenernos ante los obstáculos que el tradicionalismo nos oponga; y eternizar así  el nombre del Varón ilustre que marcó el punto inicial de la regeneración ecuatoriana. 

Es menester unirnos en este grande y noble pensamiento, dar de mano todo caudillaje y ambición personal o de círculo, volver al culto ferviente de los principios y doctrinas que han civilizado y redimido al mundo, sacudir la inercia y pronunciar el milagroso ¡Surge! al oído de las masas trabajadoras que, si bien abatidas por el sufrimiento y el malogro de sus legítimas aspiraciones, llevan en si  un germen inextinguible de actividad y virtudes, de valor y nobleza, que les hacen capaces de los mayores prodigios en pro de la República, siempre que llega al caso de servirla. Y esa voz de resurrección, esa iniciativa salvadora de nuestras orientaciones políticas y sociales, deben venir de los mismos gobernantes, si es verdad que componen una administración liberal y patriótica; deben venir de todos los que forman en las filas del radicalismo doctrinario y puro; deben venir de todos los que anhelan sinceramente la regeneración y el engrandecimiento del Ecuador; deben venir de todos los admiradores de Eloy Alfaro que desean perpetuar su nombre a través de las edades, ya que ningún monumento pudiera ser más imperecedero y glorioso, que la redención y completa grandeza de un pueblo. 

Este es nuestro deber ineludible; prometamos cumplirlo como el mejor homenaje al Caudillo mártir, como testimonio elocuente de nuestra incontrastable adhesión a los principios que Alfaro proclamó en toda su gloriosa existencia, como prenda segura de que jamás abandonaremos el servicio de la santa causa de la democracia. Y no nos arredren el naufragio lamentable de ciertos caracteres, la claudicación de los unos, la traición de los otros, la actitud vacilante o cobarde de muchos. Unámonos ante las venerandas cenizas de Alfaro, y reasumamos la misión sagrada de proseguir y dar término a la grandiosa empresa de transformar al Ecuador en un pueblo libre, próspero y feliz. He ahí nuestra obligación. ¡Radicales; pongámonos en pie, y obremos!







[1] Desde mediados de 1895, su primer encuentro con Alfaro en Guayaquil, hasta cuando truncan  su vida en la hoguera bárbara de 1912, José Peralta cultiva una profunda amistad con el líder de la revolución liberal, convirtiéndose en su confidente, por lo que quizás es uno de los que mejor llega a conocer al Viejo Luchador. En varias de sus obras y escritos ha dejado el sentido testimonio de esa relación personal, descubriéndonos a través de sus inmensas virtudes la grandeza histórica de Alfaro, que lo convirtieron en el más grande ecuatoriano de todos los tiempos como su patria le ha reconocido póstumamente. Esta semblanza en homenaje al 175 aniversario del natalicio de Alfaro (25 de junio de 1842) ha sido entresacada de fragmentos de estos escritos de Peralta:

-          “Discurso” (pronunciado en marzo de 1912 en Panamá a la memoria Alfaro), El Nivel, número extraordinario, Panamá, Mayo de 1912.
-          “¡Pongámonos en pie!”, El Día N° 2.532, Quito, 11 de octubre de 1921.
-           Eloy Alfaro y sus victimarios, 4ta. ed., Editorial de la Casa de la Cultura Benjamín Carrión, Quito, 2008.
-          Mis Memorias políticas, 3ra. ed., Editorial de la Casa de la Cultura Benjamín Carrión, Quito, 2012.